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opinión

Desagravio público a Rodrigo

Si alguien no creía en él, ha demostrado que no merecía ese trato. Si alguien creyó que sobraba en Valencia, hoy demuestra que es irremplazable. Y si alguien tuvo ganas de venderlo, ahora todos tienen ganas de que se quede para toda la vida. Es lo que hay. El fútbol y la vida...

28/03/2018 - 

VALÈNCIA. No existe nada más saludable para un periodista deportivo que reconocer que se equivocó. Y quien esto escribe metió la pata hasta el fondo con Rodrigo Moreno. Uno creyó que nunca superaría el listón de las expectativas que su alto precio generó, pensó que jamás alcanzaría el nivel competitivo que ahora demuestra y pensó que, tarde o temprano, acabaría saliendo sin pena ni gloria de Mestalla. Uno veía en Rodrigo un chico joven con condiciones, talento y capacidad, pero al que condicionaban su escasa rebeldía y falta de instinto asesino. Tenía condiciones, pero no personalidad. Craso error. Con el paso del tiempo, que pone a cada uno en su sitio – a Rodrigo entre la elite y a servidor, con el trasero al aire-, Moreno ha sido superando todas las zancadillas que el destino le colocaba, al punto de ser una de las estrellas de un renacido Valencia CF y de convertirse en aspirante a ser el delantero centro de una selección española en la que no desentona, sino que también brilla.  Lo ha hecho con mucha humildad, con sacrificio y todo sea dicho, con muchísima personalidad. Si alguien no creía en él, ha demostrado que no merecía ese trato. Si alguien creyó que sobraba en Valencia, hoy demuestra que es irremplazable. Y si alguien tuvo ganas de venderlo, ahora todos tienen ganas de que se quede para toda la vida. Es lo que hay. El fútbol y la vida. Si se tiene la facilidad de abrir la boca para opinar, hay que tener humildad para cerrarla. Cuando estuvo mal se dijo y ahora que está bien, se dice. A Rodrigo lo que es de Rodrigo. Honor a quien honor merece.

Rodrigo Moreno sufrió lo que no está en los escritos desde que aterrizó en Valencia. Su precio, inflado hasta los 30 millones de euros – llegó en calidad de cedido porque Peter Lim compró sus derechos económicos y cedió los federativos al club que aún no había comprado-, siempre pareció pesarle. Su fútbol nunca pareció estar a la altura de la expectativa generada y su relación con la grada, lejos de ser idílica, fue incluso traumática. Rodrigo que llegó a Mestalla sonriente, perdió esa sonrisa fagocitado por la inestabilidad de un club convertido, día sí y día también, en la casa de los líos. Ni con Nuno Espírito Santo – impuesto y luego depuesto-, ni con Gary Neville – experimento con gaseosa-, ni con Pako Ayestarán – que no fue el problema ni tampoco la solución-, ni con Cesare Prandelli – que gritó ‘fuori’ y acabó ‘fuori’-, ni con Voro – bombero de urgencia y hombre de club-, Rodrigo fue capaz de brillar. Nunca lo tuvo fácil. Producto estrella de la cantera madridista, experiencia fugaz en la Premier, triunfador en Portugal después de rozar la excelencia con Benfica, Rodrigo Moreno nunca pudo ser el Rodrigo Moreno que ambicionaba ser en Mestalla. En lo individual, su fútbol le abandonó, primero por las lesiones (rotura del cruzado) y después por su escasa relación con el gol. Y en lo colectivo, la marcha del equipo, lejos de ayudarle, potenciarle o esperarle, le condenó. Ni tenía confianza, ni tenía un ecosistema favorable.

Rechazó un par de ofertas para marcharse del club cuando todo apuntaba a que podría ser carne de traspaso, decidió quedarse en Valencia y pese a que la situación deportiva y económica del club no invitaba a apostar por la continuidad, Rodrigo decidió no cambiar de caballo en mitad del río. La recompensa a su paciencia, un nuevo inquilino en el banquillo ché. La llegada de Marcelino García Toral. Nada más llegar al club, con mando en plaza, Marcelino diseñó las vigas maestras de su nueva casa y estableció un orden de prioridades para que el club las cumpliese: salvo en caso de oferta estratosférica, era clave no traspasar a algunos jugadores clave, como Parejo, Rodrigo o Carlos Soler. Él se comprometía a recuperar su autoestima, a revalorizarlos y a conseguir que se volvieran a sentir importantes para la causa. Dicho y hecho. Rodrigo, que llegó como un delantero de proyección internacional y se fue difuminando, poco a poco, de manera progresiva, hasta alcanzar el cartel de transferible, encontró un punto de apoyo en la confianza de Marcelino. Y a base de trabajo, superación y competencia interna, creció para conseguir aquello que siempre es más complicado para un futbolista cuando no le salen las cosas como quiere: cambiar los pitos por aplausos y la indiferencia por entusiasmo.  Fácil de decir, difícil de hacer. Hoy Rodrigo Moreno, a base de rendimiento, calidad y goles, la está rompiendo, dejando claro que ya no sólo juega para abrir bocas, sino que también las tapa. Renovado hasta 2022, vive días de vino y rosas. Referencia en el sistema de Marcelino, consolidado en la titularidad, vital para el futuro del club y candidato, por derecho propio, a una plaza en el Mundial de Rusia, Rodrigo se siente, por fin, el delantero que siempre quiso ser. Así los quiere Marcelino. Así los quiere Mestalla. Es posible que Rodrigo no necesitase un desagravio por escrito, pero con la venia y después de la magnífica temporada que está haciendo, permítanme la licencia. Era de justicia. Y más, hacerlo en público. En privado, con perdón, no sirve. 

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