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Descrédito

23/06/2020 - 

VALÈNCIA. Hay tantas cosas que han caído en descrédito, alrededor del Valencia CF, que debería anunciar ya el nacimiento de una saga, con su trilogía al uso. A veces tendría sus culpables internos y otras, en cambio, externos. Vayamos, pues, por la primera parte de la trilogía: este campeonato liguero huele muy mal, a merengue fermentado y agrio. A mí me da lo mismo si el Real Madrid gana esta liga o no lo hace (aunque prefiero que no), pero lo cierto es que cada día es más evidente este sistemático funcionamiento arbitral, que le trata de dar impulso y pilas. Sin pudor alguno se le anulan goles legales a sus rivales, se les siguen pitando fueras de juego a favor (o contra los rivales) sin que continúe la jugada, no se les pitan las manos, no se les amonesta debidamente cuando hacen ese juego sucio y duro, de coditos, agarrones, entradas a cualquier altura, etc. por eso es difícil cogerles en una contra, porque antes ya han cortado la jugada, impunemente. Y, en cambio, quienes juegan contra el Madrid han de sufrir todo tipo de severidades arbitrales, que te van minando la moral, las fuerzas, la voluntad. Es la guerra sucia en la que este campeonato se ha metido de lleno, porque hay que fomentar, supongo, la idea de que exista una liga solo de dos para que el poderío de Barcelona y Madrid se sostenga frente al crecimiento económico de los equipos extranjeros. Así mantenemos la grandeza nacional, curiosamente con los dos equipos que romperían ese mismo campeonato nacional si pudiesen, a las primeras de cambio, con sus valores nacionalistas por un lado y con su codicia presupuestaria (disfrazada en forma de euroliga) por el otro. Lo cierto es que ver al Real Madrid es un suplicio para todos aquellos que aún creemos en la limpieza del deporte, porque las líneas que traza el VAR hacen pequeñas curvitas si el pie es el de Benzema o no lo es. Y cansa toda esta falsedad del rearbitraje, que es un cuarto oscuro donde te puedes encontrar alguna que otra sorpresa como se te ocurra ir palpando más de la cuenta. Me llama la atención, pero cuando no había VAR el Valencia CF era un equipo terriblemente perjudicado con la falta de apreciación de los árbitros y ahora que está el VAR lo es también por exceso de la misma, lo que me choca y me descoloca, sinceramente.

Apelaba a la falta de criterios unitarios: veamos la jugada entre Sevilla y Barcelona, donde un defensor (creo que Koundé) pega una patada por detrás a Luis Suárez, digna del mismísimo Kang In (¡Qué vaya tela también con el coreano de oro!), y se queda sin amonestación. Luego, Messi, el mejor jugador del mundo, da un empujón a un jugador rival, que hace su pequeña cuota de teatro, aunque la agresión existe. La consecuencia es una tarjeta para Fernando, del Sevilla y Busquets, del Barcelona, por un rifirrafe entre ellos. Compáralo ahora con la expulsión del jugador valencianista el otro día contra el Madrid, con un Sergio Ramos haciendo un bloqueo malintencionado, sin penalización alguna previamente. El Sevilla no se quedó con uno menos porque no era el Madrid el rival y el Barcelona tampoco vio la roja, porque era Messi y el espectáculo de la liga entre dos también debe continuar, para que parezca emocionante. Y los demás equipos, pues a remar con esto.

Cierto es que ver al Valencia CF es un suplicio: buenas primeras partes con nefastas reanudaciones. Esta podría ser la segunda parte de la saga: la endeblez de un equipo que destila falta de personalidad y que necesita ya una limpieza en condiciones, por lo menos para quitarte peso muerto de los tobillos. Hay que vender mucho jugador que resta más que suma en su cómputo general y que, a la postre, suponen un tantos por ciento muy elevado del presupuesto asignado: Mangala, Diakhaby, Wass, Cheryshev, Gamiero y Sobrino. Seis futbolistas cuyas fichas le suponen al Valencia CF unos nueve millones de euros netos por año. No aportan nada de manera continua. Y no es que no tengan calidad: cabría no confundir calidad con rendimiento. El rendimiento es lo que los futbolistas acaban ofreciendo, de manera regular, cada vez que juegan y el bagaje aquí es muy pobre, porque son irregulares, no aportan intensidad ni precisión, ni competitividad. No son un buen fondo de armario, porque sin rendimiento la calidad queda oscurecida en su propia discontinuidad. Cabría, pues, vigilar qué jugadores realmente te interesa tener en plantilla, porque la rémora Longoria está ahí también, con un Vallejo que claramente no cuenta para Celades, por ejemplo.

El tercer capítulo del serial sería la elección del entrenador, que me parece algo más seria de como lo están haciendo en este club, casi con nocturnidad, jolgorio y alevosía. Ya está bien de esos arrebatos de presidente, que dice ver algo mágico en un técnico sin experiencia, como si todo buen dirigente tuviese la obligación de descubrir la grandeza de la gaseosa cada vez que busca un técnico. Aquí no hace falta ni mano dura ni diplomacia en sus extremos, sino experiencia y una identidad clara y acorde a este club. Si nos fijamos un poco, el actual panorama de técnicos en España está llenito de aquella escuela catalana, emanada de la filosofía de Cruyff. Pues eso, copias, reductos que, curiosamente, no tienen a sus equipos peleando por títulos, sino por arañar la permanencia en muchos casos y nadando a contra natura de sus identidades. Debemos pensar que las herencias se merecen, no se adquieren sin más. A veces nos olvidamos de este fundamental detalle, mientras las ideas, más allá de sus creadores, tienden más a desacreditarse que a mejorarse y nosotros siempre estamos detrás de la fotocopia de todo, a rebufo de otros, porque, visto lo visto, tampoco podemos ser referente o espejo de nadie.

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