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opinión / 13 de noviembre

El Levante es la repera

5/11/2019 - 

VALÈNCIA. Seis días del negro al blanco. Seis días de la frustración a la locura. Seis días de dejar de creer y caer en el desánimo a alucinar con un partido que será recordado para siempre. Seis puntos en el zurrón después de un cambio radical en seis días. Adrenalina en vena. El Levante tocó fondo ante el Espanyol. Lo peor es que se veía venir, que el colectivo daba muestras de haberse olvidado de hacer lo que mejor sabía. “No hay excusas”, reconocía Paco tras la derrota frente a los pericos. Hablaba principalmente de la carencia de ese atrevimiento y confianza con balón, de ese movimiento entre líneas y también de esa verticalidad que hacía que cada llegada se transformara en un picotazo para los rivales. La fórmula de la felicidad. Los factores que conforman el principal mandamiento de la hoja de ruta del cuerpo técnico. Es evidente que el Levante había perdido su aguijón. Sin perder de vista que este equipo es capaz de firmar recitales para la historia cuando tiene la actitud correcta. Ese compromiso y amor propio a un escudo que cumple 110 años de historia es lo único que le exige el Ciutat. Así la identificación es total. Porque la pereza se castiga y afecta siempre en el resultado. En estos seis días de emociones superlativas, el Levante ha enderezado el rumbo con un volantazo demoledor, con dos victorias consecutivas de las que marcan tendencia. Ha competido y de qué manera. Por este camino, el éxito está asegurado. Como dijo Campaña tras tumbar al Barça, si en esta profesión no corres, no llegas a ningún lado. Añadiría que si en el fútbol solamente bastase con el talento, siempre ganarían los mismos equipos.  

La derrota contra el Espanyol multiplicó las corrientes de opinión y generó debates de los que prácticamente nadie se salvó. Cualquier análisis se sujeta en función del resultado y la crítica nunca es mala si se consigue canalizar. Por supuesto que las redes sociales no deberían marcar los tiempos, pero sí que hay que saber encajar esos golpes aglutinados en un puñado de caracteres, filtrar los comentarios que transmitan más bilis de la cuenta, afrontar un ejercicio de reflexión y encontrar soluciones para cambiar la dinámica. De puertas para dentro, la reacción se empezó a gestar el día después al 0-1 de Machín. Sin medias tintas, porque todo  nace y muere ahí, en un vestuario que hay que saber manejar con mano izquierda y derecha. Eran conscientes de que habían metido la pata y 48 horas después, el fútbol les regalaba una oportunidad para corregir el error. Pero, sobre todo, en el caso del míster, para tomar decisiones y rodearse de los futbolistas más acordes a su credo futbolístico, además de pedirles una vuelta de tuerca porque el engranaje se había aflojado y las piezas se habían desparramado. 

Ha cambiado todo: el juego, la precisión, el esfuerzo, el compromiso, ser solidarios... Los jugadores tenían ganas de reivindicarse y tenía la certeza de que íbamos a poner la imagen donde toca a este equipo y al club”, afirmaba Paco López tras vencer en San Sebastián. Era el pasado miércoles cuando el domingo anterior se marchaba a casa con un cabreo mayúsculo porque había visto sobre el césped a un Levante irreconocible. Esa realidad entre crispación, frustración, pitos y malas caras zarandeó el orgullo del vestuario. Lección aprendida y que haya quedado grabada a fuego para el resto del curso para que no se repita. No sé lo que pasó con pelos y señales en la intimidad de Buñol, en aquella terapia colectiva, en ese proceso de reseteo tras verle las orejas al lobo, pero ha dado efecto. Creo en los estados emocionales y es alucinante como se han plasmado en menos de una semana en esta montaña de rusa desde vérselas con un equipo catalán y otro. Si hay que convivir con esto, bendita locura, aunque siendo realistas, pensando con más cabeza que corazón, y con los pies en el suelo, hay que encontrar el equilibrio por mucho que haya una línea muy fina entre el cataclismo y el éxtasis.

Ganar al Barcelona siempre es especial. Jamás olvidaré el 5-4 de mayo de 2018. Hacía unas semanas que había salido del hospital de la segunda pelea personal y necesitaba vivir ese día en la zona de prensa con mis colegas de profesión. Me llevé para el recuerdo imágenes que no se olvidan, sobre todo esos diabólicos diez minutos para rubricar el triplete de Boateng y el doblete de Bardhi. Llegar a ese partido con energía supuso una victoria antes de disfrutar con el recital de los míos. Viví el orgullo granota elevado a la enésima potencia. Una sensación calcada a la del pasado domingo. Ahora, además, con camino recorrido después de superar con éxito ese obstáculo que apareció en mi camino por segunda vez otro 13 de noviembre del que muy pronto ya habrán pasado dos años. En ambas alegrías, con Paco López construyendo la gesta. Sin perder el foco y fiel a su ideario, el de Silla ha sabido aglutinar la disparidad de opiniones y buscarle provecho. Ha corregido las fugas y ha potenciado las virtudes. Se ha armado de paciencia. Ha puesto los puntos sobre las íes para reflotar al Levante que todos queremos y ha superado con nota el examen que para un entrenador supone gestionar una plantilla tras una situación de crisis como la que se ha vivido. Pero los merecidos elogios no deberían ser únicamente por haberle tocado la cara a Messi y compañía, y el miércoles a la Real Sociedad, sino, sobre todo, por la recuperación de ese compromiso que se había puesto en entredicho seis días antes. Me duele que a Paco le incomode hablar de su renovación porque se lo ha ganado hace tiempo, no solamente por derrotar al Barcelona y desde el foco mediático de Madrid brille más todavía el triunfo. Orriols debe estar tranquilo porque el proyecto está en buenas manos. 

Cuando digo que no me vale el rival que hay delante, aunque está claro que el presupuesto condiciona, es porque no me gusta que los técnicos se apoyen en ese argumento tras un mal resultado y más aún porque este Levante ha demostrado que con sacrifico, solidaridad con el compañero, orden e intensidad destroza las diferencias económicas, desafía a cualquiera y engrandece su historia más que centenaria. Como afirmó Paco, el triunfo contra el Barcelona fue la repera, con unos bestiales Campaña, Borja Mayoral, Morales y Radoja. Seis días atrás se sentaba en la misma sala de prensa del Ciutat con la obligación de dar explicaciones a uno de lo peores partidos desde que debutara con el primer equipo en marzo de 2018 en el Coliseum Alfonso Pérez. Con Messi, ya sin Yerry Mina para desviar la atención, ni con el canterano de turno para escudarse, el impacto de la machada es tremendo, pero también el riesgo a flotar más de la cuenta y no tener los pies en el suelo. La afición tiene licencia para ello, pero el vestuario no y el primero que es consciente de ello y no permitirá ni un atisbo de relajación es el propio Paco López. Menudo error sería descarrilar una vez que la maquinaria se ha engrasado y los vagones transitan con fluidez. 

El Levante ha mejorado en defensa y ha recuperado la chispa en ataque a partir de un cuarteto en la medular —Campaña, Radoja, Bardhi y Melero—, con Morales de delantero al igual que la temporada pasada, sin el corsé de la banda y recobrando las mejores sensaciones, y con Borja Mayoral de ‘9’, donde mejor se siente, marcando en los dos últimos alegrones y convirtiéndose en el primer jugador que le anota este curso a Real Madrid  —en el Bernabéu— y Barcelona. Con ese 4-4-2 de partida sin hombres de banda naturales, Paco dio continuidad al once por primera vez. Repito que este factor no me preocupaba, pero está claro que se llega antes al equilibrio si los resultados se suceden con una base reconocible y siempre siendo leal a un estilo. El bloque ya lo tiene, pero también volverá a introducir cambios que puedan ser asimilados por los jugadores en busca de la mejor fórmula posible. La faena radica en mantener a todos en alerta y enchufados, porque hay que estar preparados por si toca lidiar y sobreponerse a otros seis días como los últimos. 

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