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análisis | la cantina

Envejecimos con Tom Brady

4/02/2022 - 

VALÈNCIA. Durante muchos años, el primer domingo de febrero, al caer la noche, íbamos asomando el morro por la puerta del chalet que tiene Vicente Ordaz en La
Cañada. Vicente, que lleva muchos años en el periodismo y que es el jefe de
informativos de la Cope, también es el mayor experto en la NFL que conozco.
De hecho, estoy convencido de que conoce mejor el deporte estadounidense
-fútbol americano, baloncesto, golf…- que el español.

Al llegar, después de saludar a Cristina y a Manu, al principio un crío y
ahora ya un tipo de metro ochenta al que le gastamos bromas de mal gusto,
entrábamos a la cocina, donde ya estaba calentando el horno para las
costillas y donde se iban atemperando las hamburguesas. Vicente abría unas
cervezas, y luego nos sentábamos a la mesa y bebíamos y comíamos como si
estuviéramos vestidos con gruesas camisas de cuadros en un pueblo congelado
de Arkansas con un metro de nieve en la puerta.

En realidad, jugábamos a hacernos los yankees en la noche en que los
estadounidenses enloquecen alrededor de una televisión. Luego, unos a
quienes el fútbol americano les importa un bledo se iban a casa sin ver ni
cómo cantaban el himno, y los demás, unos pocos, nos quedábamos a ver la
Super Bowl.

En la tele casi siempre estaba Tom Brady. Como Rafa Nadal, que todos los
domingos de mayo y junio está jugando una final sobre tierra batida. Pero
Tom Brady no estará nunca más. “No voy a jugar de forma competitiva nunca
más”, publicó el otro día en sus redes sociales. Y entonces sientes como un
vacío, como si algo que está ahí toda la vida, desapareciera de golpe. Como
si un día fueras al centro y ya no estuviera la Lonja.

No sé tanto de fútbol americano como para afirmar si ha sido el mejor de
todos los tiempos. No tengo ni idea, pero sus números son arrolladores. A
sus 44 años puede presumir de haber ganado siete veces la Super Bowl, y eso
se repite una y otra vez. Pero la grandeza de ese número se amplía cuando
entra en comparación. Porque Brady ha ganado más títulos de la NFL que
cualquier equipo. Y él solo, el chico rubio de San Mateo que una tarde de
2000, cuando la selección iba ya por la sexta ronda, pensó que no iba a
entrar ya en el draft -salió elegido en el puesto 199-, ha conquistado más
Super Bowl que todos los que suman las dieciocho peores franquicias de la
liga.

O que ha llegado al último partido de la temporada, el mayor escaparate del
deporte, prácticamente en la mitad de los años que ha jugado en la NFL. ¿Se
imagina alguien a un futbolista que cada dos años, durante dos décadas,
jugara una final de la Champions? Ni Messi ni Cristiano. Nadie.

Su trayectoria es de todo menos impoluta. Brady se vio salpicado por varios
escándalos, el más famoso de todos el ‘deflategate’, cuando se le acusó de
haber mandado desinflar un poco los balones -más de lo permitido en las
normas- para que favorecieran su juego. Pero ni esa mácula ni otras
enturbiaron su carrera. Poco después de anunciar su adiós, Eli Manning, uno
de sus grandes rivales, un quaterback que puede decir que le ha vencido en
dos Super Bowl con los Giants, se deshizo en elogios con casi tanto empeño
como hizo Roger Federer con Nadal después de su gesta en el Open de
Australia. “Te vi ganar una Super Bowl cuando (aún) estaba en la
universidad, ganar varias cuando estaba en la NFL y otra cuando ya estaba
retirado”, contó Manning para plasmar que su trayectoria ha sido tan
exitosa como larga.

El ‘New York Times’ hizo un esfuerzo gráfico para tratar de explicar su
superioridad antes los grandes quaterbacks de la historia: de Joe Montana a
Eli Manning. Y mostraba varios cuadros en los que la línea de Brady se
proyectaba muy por encima de la de sus rivales. Solo un dato: él ganó 35
partidos de ‘post season’, que dicen los estadounidenses. Ninguno de los
otros mariscales llegó a jugar, no digamos ya ganar, 35 partidos.

Brady, que además se convirtió en un caramelo para las marcas de cualquier
producto, se despide después de haber llegado a la misma órbita que otras
estrellas de su país como Michael Jordan, Babe Ruth, Serena Williams,
Muhammad Ali o Wayne Gretzky.

Durante sus 22 temporadas, mis amigos y yo fuimos muchas noches a casa de
Vicente Ordaz. Comimos muchas costillas con salsa barbacoa y bebimos muchas
cervezas en botella de vidrio, que es como se bebe la cerveza, antes de ver
a Brady. Hasta que un día nos miramos al espejo, nos vimos con el pelo
blanco, las arrugas surcando nuestras caras y, cansados de tanto tute,
decidimos que no aguantábamos una noche sin dormir. Que era mejor irse a la
cama y ver la Super Bowl al día siguiente. Total, si ya no juega Brady…

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