Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

GRUPO PLAZA

ANÁLISIS | LA CANTINA

Reset

11/09/2020 - 

VALÈNCIA. El día que Pepe Sánchez, ese extraordinario base argentino que jugó en Alicante y que sonó varias veces para el Pamesa, perdió las semifinales del Mundial de Japón 2006 contra España, después de que Nocioni fallara el triple final desde un lateral, llegó al hotel, subió a su habitación y se puso a llorar. Pero a llorar de verdad. Como un niño. El base estaba desconsolado, pero de repente escuchó una risa. Era su compañero de habitación, Gabi Fernández. El ala-pívot, además, salió y llamó al resto del equipo y cuando se dio cuenta tenía a todo el mundo muerto de la risa mientras él no podía parar de hacer pucheros.

La anécdota la cuenta Pepe Sánchez en 'Reset', el documental que sacó hace poco Fabricio Oberto. El pívot eligió ese título porque en los últimos años le pararon y le encendieron el corazón tres veces. Como se hace cuando el ordenador se queda colgado. Eso sucedió después de que el jugador notara en un entrenamiento que se le salía el corazón por la boca. Le tomaron el pulso y vieron que estaba a 214 latidos por minuto.

En el quirófano, a su lado, riéndose como se reía Gabi Fernández de Pepe Sánchez, estaba el irrepetible Manu Ginóbili, grabando a su amigo del alma con el teléfono móvil -otra anécdota buenísima es el día que Oberto arrolló a su compañero, que acabó tendido sobre el parqué: "Pensaba que me tiraban de San Antonio", bromeó- y haciendo bromas para destensar el momento.

Después de aquello, Oberto aún jugaría varias temporadas en la NBA. Y en San Antonio todo el mundo recuerda a Ginóbili, a Parker o a Tim Duncan, pero los jugadores, los profesionales, tampoco olvidan el trabajo sucio y oscuro del pívot argentino, un tipo que no tuvo problema alguno en jugar para los demás con bloqueos y pantallas, con rebote y defensa, con humildad y sacrificio. Primero porque sabía que los demás le superaban en talento y puntería, pero también porque eso, ese tipo de trabajo específico, lo hacía de maravilla.

Oberto perdió aquella semifinal contra España, que ganaría el Mundial, pero dos años antes, en 2004, disfrutó de una gloria aún mayor, conquistar el oro olímpico en Atenas. Lo más de lo más. Lo hizo porque aquel equipo, el de Pepe Sánchez, Ginóbili, Nocioni, Scola y demás talentos, era buenísimo pero también porque formaron un grupo humilde, con un gran orgullo en la cancha y mucho humor fuera de ella.

En el documental visita a los compañeros de aquella generación dorada y todos le veneran, le adoran. Oberto es un tipo con un carisma descomunal, con una personalidad y una conversación que te encandilan, como dejó patente en Valencia.

Cuento esta historia porque es innegable que la plantilla que ha reunido Chechu Mulero para Jaume Ponsarnau es para estar muy ilusionado. Hay jugares buenísimos y todo apunta a que el Valencia Basket lo tiene todo para hacer una temporada brillante, para colocarse a la altura del Real Madrid y del Barcelona, que es mucho decir. Pero la experiencia me demuestra que no solo basta con eso. Un equipo necesita cemento, necesita egos moderados, necesita jugadores que se sacrifiquen por los demás y necesita un grupo que congenie. El deporte jamás son matemáticas. Así que paciencia.

José Puentes ha llegado a la dirección del club. Juan Roig, al contrario que en otras aventuras más irreflexivas del pasado, se lo ha cocinado a fuego lento. El nuevo gestor también tiene personalidad y, visto lo visto, no le va a temblar la mano para hacer 'reset'...

Noticias relacionadas

next

Conecta con nosotros

Valencia Plaza, desde cualquier medio

Suscríbete al boletín VP

Todos los días a primera hora en tu email