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OPINIÓN

La final de nuestros hijos

31/05/2019 - 

VALÈNCIA. Sin ningún rigor estadístico, me inclino a pensar que los miembros de mi generación (40-50 años) seamos los mas numerosos entre la “población” valencianista”. No tenemos recuerdos de la Final de Copa (“la de Kempes”) de 1979 más allá de la réplica de la camiseta de la senyera (en mi caso, de algodón) que nuestros padres nos compraron poco después y con tanto orgullo lucíamos sin tan siquiera comprender su significado. Apenas recordamos, de forma borrosa y difuminada, la parada de Pereira a Rix en la final de la Recopa de 1980. Nos forjamos en el yunque del fracaso. 

Todavía retumba en mis oídos el sonido del disparo de Metgod al larguero en la dramática tarde de Mayo de 1983. ¡Qué cara de gravedad tenían nuestros mayores ante la posibilidad de que el Valencia bajara a segunda por primera vez en su historia! Humo, angustia y transistores vienen a mi mente cuando pienso en esa tarde.“Papá, todavía le puede ganar mañana el Betis al Cádiz, tranquilo” le repetía una y otra vez a mi padre la noche que el Barça nos condenó al abismo en abril del 86. Pese a que él cortaba de cuajo mis esperanzas con su lacónico “Hijo, eso no va a pasar”, todavía me recuerdo pegado a la radio esperando un gol bético que nunca llegó.

Sin duda aquello fue el origen remoto de nuestras lagrimas de alegría del sábado pasado. Los que en la mitad de la EGB tuvimos que convivir (con nuestro equipo en segunda) con compañeros de pupitre y de patio hinchas del Barça y del Real Madrid, llevamos un sello especial gravado a fuego en nuestro corazón. Y tras el súbito ascenso, Lubo y poco más, hasta la final de nuestras vidas: la de Copa del 95 en el Bernabéu contra el Deportivo de La Coruña. La de nuestra juventud. Jamás se levantará tanta ilusión en Valencia como en aquella final. ¡No sabíamos qué era una final!. Noches sin dormir para conseguir entradas (cuando Internet era ciencia ficción), calor sofocante en las horas previas, tormenta del siglo, el gol que más hemos gritado en nuestras vidas y ropa empapada en los autocares de vuelta. Esos son mis recuerdos. 

Nuestro especial carácter nos impidió tener un mínimo de cordura y, renunciando a los exámenes universitarios de la época, nos personamos en Madrid pocos días después para vivir la “pesadilla de los diez minutos”, en un infructuoso intento de tocar nuestro primer metal. Metal que no llegó hasta cuatro años después en la final de la alegría. ¡Que gran fiesta vivimos en nuestra particular Meca en el 99! 

En mi opinión esa fue la final de nuestros padres. Habían esperado mucho, demasiado. Y por fin lo habían visto, en plena madurez, en un clima jovial y festivo, preludio de nuestra época más gloriosa. El profundo dolor que sentimos en Paris y los años de vida que perdimos en los penaltis de Milán todavía se sienten. Somos muchos los que nos cuesta ver repetidas las imágenes de aquellas finales en las que empezábamos a querer devolver a nuestros padres lo que ellos habían hecho por nosotros en nuestra infancia.

Y llegó lo que ya, desde la razón que nos proporcionaba el inicio de la madurez, pensábamos que nunca íbamos a vivir: los dos campeonatos de liga de 2002 y 2004. ¿Quién no se acuerda del partido en Mestalla contra el Espanyol en la primera de ellas? El destino quiso regalarnos, justo a nosotros, la “época dorada” del Valencia como premio final de nuestra sufrida juventud. Tras ello llegó la pertinaz sequía, tan sólo interrumpida por la desdibujada copa del Rey de 2008, que apenas hizo mella en nuestro recuerdo colectivo habida cuenta de la tristeza generalizada en la que nuestros dirigentes del momento nos habían sumido.

Nacieron nuestros hijos y crecieron escuchando nuestras apasionadas leyendas, narradas con un sobreactuado apasionamiento a fin de frenar su tentación de caer en los brazos de los clubs que ganan títulos de forma tan cotidiana como insípida. Por eso la final del sábado es tan importante. Quizá la más importante. Nosotros teníamos fútbol y poco más. Y nuestra lealtad era incuestionable. Apenas recibíamos noticias de otros lares y el único fútbol que podíamos ver era en nuestro campo, en Mestalla. Todavía recuerdo la invasión visual del verde que, tras subir corriendo las escaleras, invadía mis retinas al entrar por el vomitorio que daba paso a la grada. Casi se podía oler el césped mojado. Esperábamos con ansiedad el partido de cada quince días y repasábamos el calendario una y otra vez calculando los resultados que se iban a producir que, por cierto, siempre daban como resultado, inexorablemente, al Valencia como campeón de liga. Los niños de ahora, tienen tanta saturación televisiva y, en nuestro caso, tal ausencia de títulos, que cuesta horrores intentar inyectar en sus venas la misma sangre blanquinegra que que corre por las nuestras.

La final del sábado eliminó de golpe todas esas dificultades. No hemos ganado una copa, hemos ganado a toda una generación. Ya tienen algo grande que recordar. Los que tuvimos la suerte de vivir en Sevilla la final con nuestros hijos, nos dimos cuenta de inmediato. Yo no la viví para mí, la sentí por ellos y para ellos, con la permanente sensación de que estaba cerrando el círculo.No fue la final de ningún jugador en especial, ni siquiera creo que dentro de unos años recordemos a gran parte de la plantilla. Tampoco creo que sea la final del comienzo de otra época dorada. Fue mucho más que eso, la final que siempre recordarán nuestros hijos.

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