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OPINIÓN PD

Abracadabra

11/02/2020 - 

Vaya por delante que esta plantilla se ha ganado un crédito, avalado por su espíritu y su coraje. Vaya también por delante que valoro todo el esfuerzo realizado, físico y mental, pero no puedo callarme un par de cosas que no me cuadran y que, como valencianista, comienzan ya a dolerme: este fin de semana me dio por ver a algunos equipos que, recientemente (o no tanto), han bailado al Valencia en el campo, para ver si, como nos demostraron a nosotros, eran tan poderosos en su juego. Me decepcionó el Osasuna, que nos enchufó tres y pudieron ser cinco; el Real Madrid me pareció más práctico que bonito y a ti te bailó, de un lado para otro. Me llamó la atención la poca intensidad en ataque del Granada, a pesar de que a ti te superó potencialmente de medio campo en adelante, creándote mil oportunidades, mientras que el sábado, con un Atlético con muchas dudas, apenas inquietó en los minutos finales, colgando balones a la desesperada. No vi ni un solo desdoblamiento de Foulquier, que parecía, de pronto, un jugador muy normalito, ni las llegadas de Yangel Herrera, cuyo pulmón no le daba ya para tocar el área rival y así un largo puntos suspensivos. La Cultural Leonesa perdió por dos cero y, aunque les expulsaron a dos jugadores, dio un nivel pobre, aunque a ti te creó todos los problemas del mundo por las bandas; en cambio, el Logroñés ganó, por la mínima, con el equipo titular, mientras a ti te costó horrores ganar con un solitario gol de Maxi, contra su equipo suplente. No ha vuelto a mejorar su imagen el Mallorca de Vicente Moreno, que te dio un baño descomunal, mientras ha ido perdiendo casi todo lo que ha jugado tras ganarte, clavándote cuatro goles: Budimir no ha hecho gran cosa desde entonces. El Barcelona, por su parte, está en una crisis de identidad importante y da muestras de unas carencias defensivas que todos imaginábamos con Setién en el banquillo. El Valladolid, como siempre, haciendo un partido serio y luchando mucho para doblegar a un Villarreal que sigue sin una regularidad que confirme su total mejoría, igual que le ocurre a un Eibar, al que le falta gol para estar algo más tranquilo en mitad de la tabla. Me dejo para el final al Getafe, que te hizo tres y pudo hacerte cinco también, jugando a la altura de su clasificación y demostrando que, con trabajo, todo da un resultado satisfactorio: la diferencia de presupuesto entre los dos equipos es tan grande que convierte este resultado en vergonzoso para el equipo valencianista y en un enorme éxito para el equipo azulón, ni más ni menos.

La verdad es que, casi todos, te han hecho besar la lona, de una manera o de otra: los modestos de la copa, a pesar de no ganarte, te hicieron sudar tinta y dejaron muy al descubierto muchas carencias; los de liga, excepto el regalo del Barcelona, todo ha sido especialmente traumático, si recordamos otros partidos también, como el del Celta, que mereció sacar algo de Mestalla, por juego y oportunidades. El Valencia CF parece estar haciendo magia: todo lo que toca, lo convierte en muy bueno en su contra, para desgracia valencianista ¿Por qué los mismos rivales me parecen tan vulgares cuando los veo jugar contra otros equipos y, en cambio, cuando juegan contra los ché, parecen de primer nivel? ¿Por qué hay jugadores de rendimiento más o menos discreto que, cuando se enfrentan a los nuestros, parecen internacionales destacados? ¿Qué es lo que hacemos tan mal?

He dejado de ver jugadas de estrategia a balón parado y tan solo veo a Parejo intentando meter un córner al primer palo, a metro y medio de altura. He dejado de ver una transición de juego más o menos precisa en su ejecución. He dejado de ver calidad en ataque y solidez en defensa. He dejado de ver un buen centro. He dejado de ver concentración en las marcas. He dejado de ver equilibrio y unidad en la presión. He dejado de ver buenas decisiones desde el banquillo, tanto en el planteamiento inicial como en los cambios. He dejado de ver rendimientos individuales destacados. He dejado de ver carácter en el campo. He dejado de ver una idea de juego. He dejado de ver a mi capitán, que está fundido. He dejado de ver una sonrisa en medio equipo. He dejado de ver un plan B por si hay emergencias de algún tipo. He dejado de ver un equipo que esté bien físicamente. He dejado de ver un proyecto definitivamente y la huella de Marcelino, al menos la positiva. Y, la verdad, es que no veo nada: nada de nada. Es decir, nada por aquí, nada por allá y ¡Zas! Te vas con tres o con cuatro a tu casa, porque el rival se ha transformado en una poderosa máquina de hacer fútbol, mientras tú te sigues haciendo más pequeño cada vez, casi diminuto. Pero no pasa nada, porque siempre se puede pedir perdón a la afición, levantar los brazos al cielo o llevarse la mano al corazón mientras vistes con este equipaje que, sin embargo, se devalúa cada partido que se juega así. Aquí no se viene a pedir perdón: a este equipo se viene a jugar al máximo nivel, a ser consecuente con su historia y con su presupuesto, a rendir acorde a lo que se cobra (ni más ni menos), a competir aunque no tengas aliento para luchar ni un balón más. Y todo lo demás, me suena a palabras huecas, a fórmulas para engañar a los niños y las niñas con abracadabras y hacerles creer que hay magia: se acabaron los trucos de manos y las chisteras vacías: aquí, el que ya no dé un paso adelante que se quede a un lado, jugando a las cartas y no moleste, que aún queda todo por hacer.

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