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OPINIÓN PD / OPINIÓN

El futuro es de los mancos

23/10/2020 - 

La historia es conocida. En el siglo XIX, un cura del colegio de Rugby, en el centro de Inglaterra, cogió el balón con las manos, mientras estaba jugando al fútbol, y avanzó con él hasta situarlo detrás de la línea de marca del equipo contrario. Fue un acto estúpido, propio de esa gente que está empeñada en joder una pachanga de amigos, que ha pasado a la historia porque, en lugar de castigarse, fue recompensado, como el tipo que se tiró, atado solo con una cuerda, desde un puente en un remoto río de Queenstown (Nueva Zelanda) y lo convirtieron en héroe moderno en vez de meterlo en un manicomio. Con aquel gesto, más leyenda que realidad, el clérigo británico inventó el rugby y separó dos deportes por una característica física: el uso de las manos para practicarlos.

Desde entonces, el fútbol no se lo ha perdonado. Ha hecho del uso de las manos un anatema, un demonio del cual huir, el tabú del que no se puede hablar y que no cabe en un deporte pensado con los pies. Las manos, prohibidas en el fútbol desde que se creó un reglamento común en la londinense Freemason's Tavern, en 1863, se erradicaron desde su nacimiento, pero han devenido un instrumento perfecto para pervertir la justicia balompédica sin que se note mucho.

Primero fue el aspecto disciplinario. A mediados de los 80 se decidió sancionar con tarjeta amarilla cualquier mano voluntaria en el terreno de juego, una práctica que hasta entonces estaba muy extendida como treta para cortar el avance del rival, sobre todo en el fútbol suramericano. La cosa fue a más cuando, ya en los 90, el reglamento comenzó a quitar poder a los guardametas en su privilegio del uso de las manos, un superpoder que adquirían por su condición de futbolistas diferentes al resto de sus compañeros. La prohibición de coger la pelota con las manos después de una cesión convirtió en mediocres a excelentes porteros por su escasa pericia en el manejo de los pies, y en magníficos guardametas a tipos que paraban poco pero manejaban el balón desde la portería con la habilidad de un centrocampista creador. La gran metáfora de aquel cambio la escribió Johan Cruyff el día que decidió prescindir de Zubizarreta, el mejor portero español de los 90, para poner en su lugar a Busquets, del que solo hay que recordar que jugaba con los pantalones de chándal puestos.

Si bien las manos comenzaban a ser las apestadas del fútbol, todavía se mantenía el criterio de la voluntariedad a la hora de castigarlas. De alguna manera se redimía a quienes lo hacían sin querer, como los niños pequeños que rompen cosas, de la tarjeta amarilla, el penalti o la sanción ejemplar. Pero el tema se ha vuelto muy complicado en los últimos años con esa regla, que nadie comprende, que sanciona cualquier mano dentro del área con penalti. La absurda norma, que obligaría a los defensas a cortarse los brazos para ser mejores jugadores, nos ha traído ignominiosos ejemplos de su torticera aplicación. El resultado final es que el fútbol está convirtiéndose en un deporte cuyo único objetivo es llegar con el balón al área contraria y chutar en dirección a las manos del rival para provocar penaltis gratuitos. Más o menos como jugar a la lotería cada domingo.

Por si esto fuera poco, la exagerada persecución de cualquier uso de las manos cuenta con un aliado difícil de engañar, al menos en teoría: el VAR. No es que se sancionen manos desde rebotes o fruto de la casualidad del propio juego, es que, gracias a la tecnología, vemos contactos con la mano que ni siquiera percibimos en tiempo real y que transforman la deriva del juego sin que nadie las haya reclamado. Penaltis que aparecen como por arte de magia y que solo el ojo electrónico advierte, que no influyen en el juego, pero que acaban por dictar sentencia en los partidos. El VAR es un instrumento al servicio de la perversión de la justicia en el fútbol y las manos se han convertido en el delito de desórdenes públicos aplicado al balompié. 

Al menos, a mí me sirven para abstraerme, aunque solo sea esta semana, de la pesadilla interminable en la que se ha instalado el Valencia. 

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