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Que nadie trague más sapos de caña

8/10/2020 - 

Del Valencia CF que uno ha conocido toda la vida, de aquel gen competitivo propio de un grande de España y de Europa, de aquella afición pasional cuyo inconformismo era motor y gasolina de una afición que supuraba exigencia porque pagaba, empieza a quedar poco rastro. Se han empeñado en desintegrar cualquier icono, símbolo o resto de aquella grandeza y día a día, a golpe de surrealismo e incompetencia, los que han puesto el dinero se empeñan en hacer aún más pequeño lo que siempre fue grande. Sólo la asunción de una gestión horrible puede explicar que hoy se defiende algo que es indefendible y sólo un permanente empacho de mediocridad puede justificar que algo que antes sería intolerable, ahora tenga tragaderas para regalar. Que un entrenador reconozca públicamente que quiere marcharse del Valencia CF y se quede porque no puede afrontar el pago de una penalización económica y se interprete como una magnífica noticia por parte de la opinión pública es, con diferencia, uno de los episodios más tristes y disparatados de la historia de un club histórico convertido en SAD histérica. Es malo para el todavía entrenador y peor aún para lo que queda de un club que la propiedad se ha empeñado en desintegrar.

El técnico, que se merece todos los respetos porque está siendo un buen profesional y un tipo recto, no es libre para tomar la decisión que quiere. Así que se expone, en vez de irse con el respeto del aficionado, a acabar siendo un hijo más de los resultados, que si no son buenos acabarán por costarle no sólo el puesto, sino también el cariño y afecto de los mismos aficionados que ahora le aplauden. Para el club tampoco es bueno que Gracia siga. Entre otras cosas porque para el club, al que contemplan más de cien años de historia y no representa un señor, por mucho dinero que pusiera para comprar las acciones, el daño moral es brutal: Se abraza desesperadamente a un señor desmotivado que cree que le han engañado, para usarlo como escudo humano de presidente y dueño, al abrigo de una cláusula. Entre el honor y el dinero, lo segundo no puede ni debe ser lo primero. Que la afición digiera este disparate y lo aplauda refugiándose en que esto es de lo peor, lo menos malo, es como intentar poner buena cara cuando te has tenido que tragar un sapo de caña, que por si ustedes no lo saben tiene nueve pulgadas de longitud y a la sazón, es el sapo más grande de Costa Rica.

Que el modelo actual existe por culpa de los que servían al Valencia cuando en realidad, se servían de él, es tan cierto como que el club parece estar en un proceso de derribo y liquidación. El valencianismo, harto de estar harto, está teniendo que padecer un modelo soberbio, jerárquico, rígido y hasta déspota, donde la máxima es sumisión o despido. El plan de puertas para afuera parece sencillo: cambiar todo para que nada cambie. Y el plan de puertas para adentro parece aún más sencillo: hacer del valencianismo un negocio sin valencianistas. Niquelado. No hace falta ser Albert Einstein para saber que Peter Lim, cual niño caprichoso y mimado al que su padre le compra lo primero que al nene le entra por el ojo, se hartó hace tiempo de su juguete y lo ha abandonado en un rincón del cuarto. Estaba intacto, pero lo rompió. Y una vez roto, ya no le sirve, ya no le llama la atención y ya no es novedad. La historia es que el juguete de Peter, como sostiene con maestría Damia Vidagany, no es un entre inanimado, sino un sentimiento que sufre y debe luchar para sobrevivir. Y como el movimiento se demuestra andando, el valencianismo tiene que articular, vertebrar y potenciar un movimiento capaz de defender sus valores, contraponiéndolos a los de la Cofradía del "Es lo que hay". Lo que queda del Valencia CF, porque todavía queda, tiene que unirse, resistir, pelear y denunciar lo que es suyo. Ahora o nunca. Porque, si nadie alza la voz, si se bajan los brazos, el club histórico morirá a manos de una SAD histérica. Aguanten, valencianistas. Y no traguen con ningún sapo más. 

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