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opinión

Padres e hijos

16/11/2018 - 

VALÈNCIA. Ni un balón ni una portería. No hay imagen más icónica del mundo del fútbol que la de un padre llevando de la mano a su hijo camino del estadio. Es la representación del legado, de la transmisión de conocimientos, del compartir una pasión. Un rito atávico cuya consecuencia es eterna. El quinto capítulo de la primera temporada de la serie británica 'Life on Mars' lo reproduce con estilo, en un largo final en el que el protagonista no se encuentra con David Bowie, como pudiera sugerir el título del serial, sino con su propio yo infantil, al lado de su padre, camino de Old Trafford.

La transformación del fútbol en los últimos años en un negocio global, en el que los éxitos se miden por balances de cuentas, fair play financiero o venta de mercadotecnia, amenaza esa forma de perpetuar la esencia de un club y lo que representa. Muchos niños, cuando comienzan a sentir los primeros síntomas de pasión futbolera, se hacen del Madrid, el Barça, la Juventus o el Manchester City porque son clubes que ganan con regularidad, porque el aparato mediático que protege a dichas entidades los absorbe de tal manera que la militancia se convierte en una cuestión cuantitativa, no cualitativa. Son, en el fondo, como los turistas asiáticos, que llenan los campos de fútbol de los equipos importantes como quien acude a un parque temático, solo atentos a hacerse la foto de postureo en las gradas sin importarles si su presunto equipo gana o pierde.

El fenómeno no solo arrastra a los clubes grandes. El Sankt Pauli, que juega en la Bundesliga-2 (el equivalente a la segunda división española), es el club más popular de Alemania por su carácter social, reivindicativo y su militancia izquierdista. Cada 15 días, el Millertorn Stadium, el recinto en el que disputa sus encuentros, se llena de seguidores de medio mundo que peregrinan al barrio obrero de Hamburgo a ver a un equipo que pretende luchar contra la ola capitalista del fútbol moderno. Los seguidores más románticos del histórico club alemán claman contra esa invasión, a pesar de ser mucho menos "nociva" para la esencia del fútbol que la que se produce en otros estadios, porque consideran que su presencia desvirtúa los valores del FC Sankt Pauli.

El Valencia no es el Sankt Pauli, ni tampoco el Madrid, el Barcelona o el Manchester City. Aspira a equipararse a estos últimos en cuanto a globalidad y modelo de negocio, un reto "difícil", como reconocía Anil Murthy el martes pasado. Pero, ¿cuál es el modelo a seguir en una institución centenaria cuya esencia, a lo largo de los años, ha residido en la voluntad de superación de los obstáculos? Ser el PSG o el Manchester City nos convertiría en un club sin sustancia, cimentado en el dinero y la especulación, convertido en un escaparate perpetuo a los ojos del mundo, que nos vería como una moda, muy lejos de sus valores tradicionales.

La mejor manera de celebrar 100 años sería recuperar esa correa de transmisión que pasa de padres a hijos, de abuelos a nietos o de tíos a sobrinos, la del rito de iniciación hacia una aventura apasionante que dura toda la vida. Intentar sobrevivir, sí, pero a contracorriente de ese fútbol moderno en el que lo que menos importa es el aficionado y que convierte a este maravilloso deporte en lo más parecido a entrar una vez a la semana en 'Second Life', no en una metáfora de la vida real, con sus alegrías y sus decepciones. 

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