VALÈNCIA. Durante años repetí a quien quiso escucharme que estuvo muy bien ganar la Liga ACB de 2017, pero que mejor aún, al menos para mí, fue disfrutar del juego del Valencia Basket en aquella final contra el Real Madrid. Jamás olvidaré, o eso pensaba, cómo volaba el balón de mano en mano. O aquella defensa feroz. Pero, claro, ahora, visto lo visto, aquello ha quedado reducido a cenizas después de disfrutar durante nueve meses del mejor Valencia Basket de la historia.
En defensa de aquel título diré que las primeras veces, y da igual que sea un amor de verano que un maratón terminado, siempre hacen que algo sea especial. Otra sensibilidad. Aquel primer título, además, fue en casa, en la vieja Fonteta y, claro, aquella primera Liga ACB desató una celebración nunca vista. Recuerdo que después de aquella final, escribí tres artículos contando tres celebraciones diferentes. A cada cual, más singular. Mi memoria enclenque solo me permite acordarme de una, la de un padre que tenía que recoger a su hija, que se metió en el coche en pijama y esperó frente al pabellón a que saliera. Pero como la chica ni salía ni cogía el móvil, se asomó a la puerta. El hombre no tardó en contagiarse del ambiente festivo y acabó en mitad de la cancha, recordemos que iba en pijama, dando saltos con la afición.
Pero si hablamos de baloncesto, esto ha sido superior a lo que hayamos visto nunca. El Valencia Basket jamás tuvo un equipo que jugara tan bien. Jamás tuvo un equipo que despertara una admiración unánime por donde pasara. Jamás anotó tantos puntos. Jamás superó de la forma en que lo ha hecho a rivales tan poderosos. Jamás golpeó al Barcelona como lo golpeó cuatro veces en 25 días. ¡Cuatro veces!
Tampoco creo que hayamos visto nunca a un jugador como Jean Montero. Lo disfrutamos y lo exprimimos hasta el último segundo. Él fue la bandera de un equipo que lo hizo campeón. También será difícil olvidar sus amagos, siempre tan ligero, casi etéreo, vapor de agua que parece que no moja y te acaba empapando. O esos tiros tan lejanos. Esos triples que dolieron a los rivales como un navajazo a traición en un barrio chungo. Su visión de juego. Cómo Pedro Martínez lo fue modelando con paciencia, con la ilusión del maestro que tiene ante sí a un chico especial, único, hasta hacerlo cada vez mejor, más paciente, más sabio, mejor base. O cómo se sacrificó en defensa cuando entendió que es el único camino para ser campeón.
Montero no titubeó ni una vez pese a que, tras él, los hombres de cuello blanco se llamaban cada día por teléfono para rifárselo. No le importó. No le afectó. Fue fiel a su equipo hasta el último día. Hasta el último cuarto del último partido. Como lo fueron los compañeros que están en unas circunstancias parecidas. Como Jaime Pradilla y los cantos de sirena desde Madrid. O Larry y el sueño americano. O ese Braxton Key imperturbable con esa mascara que debería acabar en el museo del club.
Nunca olvidaremos esta temporada. Solo queda paladearla y soñar con que Pedro Martínez es el hombre capacitado para mantener o mejorar esta obra maestra.