VALÈNCIA. Llevamos dos semanas de difuntos. Cada miércoles, como si fuera un plan, unos cuantos vejestorios vamos de inauguración en inauguración porque el Ayuntamiento ha decidido brindarle una plaza a Toni Lastra y una calle a Pipo Arnau. Al primero le pusieron ‘Maratonià’ y al segundo, ‘Impulsor de l’esport valencia’. No fue fácil llegar a la segunda, perdida en los confines de unos terrenos que ni siquiera sabía que formaran ya parte de la ciudad. Pues allí, ahora mismo un territorio conquistado por las grúas y las excavadoras, a espaldas de La Fe, está la calle dedicada a Pipo. Nos intentaron colar la milonga de que estaba cerca del Roig Arena y de que eso le hubiera gustado al dueño de Deportes Arnau, pero no, no está cerca, está a media hora a pie. Palabra de andarín.
Allí volví a encontrarme con los hermanos Egea, Paco Borao, Alfredo de Ibarra… Gente que ha sido corredora, aunque a Pipo no le gustaba correr y nunca entendió esta fiebre del running. Pero también estaban los del rugby -jamás olvidaré cómo le desgarró la muerte del Pantera-, los del fútbol sala, y los del baloncesto, claro, con Toni Ferrer, Víctor Luengo, Enric Carbonell y una emocionada Sandra Ygueravide, dos días después de anunciar su retirada junto a otra jugadora valenciana, Vega Gimeno.
También había gente del fútbol como Voro, Giner o Társilo Piles. Y una legión de periodistas. A todos cuidó, enseñó y piropeó. Qué vergüenza daba ir a su tienda y que te anunciara a voz en grito, entre los clientes, como el periodista que mejor escribe de baloncesto o de lo que sea. Más que nada porque era mentira y solo pretendía agasajarte. Pero siempre valía la pena pasar por aquel comercio un poco caótico de la calle Alicante. La visita te podía reportar un buen par de zapatillas y un par de noticias frescas.
Su tienda era un confesionario, y Pipo, el mejor confesor. Con el tiempo, hablando con sus hijos, con Mónica y Héctor, me hizo gracia que en la familia bromeaban con ese carácter eminentemente cotilla de su padre. Mónica, que es periodista y todavía hace el esfuerzo de disimular con alguna broma la pena que le produce recordar a su papá, ese hombre tan sabio y carismático, contó en público que en casa se inventaron el verbo piponear. “Piponear es moverse entre diferentes grupos de personas sabiendo exactamente qué es lo que tienes que decir y, sobre todo, cómo sacar la mejor información”. Y añadió un giro más. “La palabra networking no la inventaron en Estados Unidos, la inventó mi padre”.
A Sandra Ygueravide, despojada ya de la disciplina del deporte profesional, relajada, se le hacía un nudo en la garganta al hablar de Pipo, que fue su padrino por la amistad que tenía con los padres de Sandra: Miguel e Inma, que fue jugadora del Torrefiel con la exmujer de Pipo y que luego llegó a trabajar también en la tienda. “Teníamos una relación muy cercana y yo, como tantos otros, también pasaba mucho tiempo en la tienda y fue él quien me regaló mis primeras zapatillas de baloncesto y el que me introdujo en el deporte”.

Después de aquellas Air Jordan negras y blancas y después de que su madre le abriera las puertas del baloncesto, Pipo fue quien la animó a seguir y la enganchó. “Sé que él disfrutó de momentos míos y eso me hace especial ilusión. Siempre que venía a jugar a València, él estaba en primera fila. Se enteraba antes que yo del día que tenía que jugar en València. Es verdad que insistía mucho en que viniera a jugar aquí, pero tengo que decir que no fue una persona que se pusiera pesada con el baloncesto”.
Pipo murió en 2022 y eso hizo que no pudiera ver dos años después a su ahijada triunfar en los Juegos de París, donde se colgó la medalla de plata. Ni los títulos de Liga del Valencia Basket femenino. Porque a Pipo Arnau lo vi en infinidad de partidos del equipo de Rubén Burgos mucho antes de que se convirtiera en un equipo campeón. En uno de esos encuentros me presentó a la madre de Sandra, que ya empezaba a estar delicada. “Es una pena que no haya podido ver hasta dónde ha llegado el baloncesto en València, con el Roig Arena, lo habría disfrutado muchísimo. Y conmigo creo que lo de París hubiera sido un momento de lágrimas”.
Sandra, al final de la conversación junto al cartel que anuncia esa calle, acaba contando que, en realidad, lo más importante no fue solo todo lo que hizo por el deporte, por diferentes deportes, sino que hizo amigos en todas partes. “Cuando he llegado y he visto toda la gente que había, no me ha sorprendido. Pipo tenía amigos por todas partes”.
El miércoles que viene ya no hay inauguración, pero me gusta pensar, y ya lo dije cuando la plaza de Toni Lastra, que será bonito pasear un día dentro de unos años y llegar por azar a la calle Pipo Arnau, en el quinto pino, sí, y al darme cuenta, estoy seguro de que será reconfortante. Son detalles bonitos que hacen mejor a una ciudad.