VALÈNCIA. Salgo del apartamento, atravieso una de las grandes puertas de la ciudad de Gengenbach, todavía dormida, y corriendo por fuera de la muralla, dejando a la izquierda la empinada colina con los viñedos, salgo al encuentro del río Kinzig. A su lado, en paralelo, se estira un camino de tierra por el que troto de buena mañana a través del Valle del Kinzig, en la Selva Negra. La niebla nos cubre y le da un aspecto misterioso al alba. Los cuervos me reciben a graznidos y durante minutos corro sin ver a nadie. La niebla, yo y mis pensamientos.
El arranque siempre es lo peor, como lo fue la víspera en Baden Baden, corriendo por un parque enorme a los pies de las montañas. Y lo será al día siguiente, por la alegre Friburgo, junto al río Dreisam y bajo los puentes poblados de inadaptados. Dicen que es más fácil morir en un accidente de coche que en uno de avión. Pues en Friburgo es más fácil morir atropellado por una bicicleta que por cualquier otra causa. Ellas son las reinas de la ciudad y van endiabladamente rápidas por todas partes. Quizá por ello Friburgo, la ciudad alemana, presume de ser un referente mundial en el crecimiento sostenible. De las ruinas de la II Guerra Mundial emergió una capital que se ha convertido en un ejemplo ecológico mundial. En el centro de la ciudad, como un diamante gigante, se levanta la futurista Biblioteca Universitaria, que utiliza un 65% menos de energía que la antigua biblioteca.
Por el camino nebuloso pienso en las hermanas Hahner, dos maratonianas que también corrían por los alrededores de Gengenbach. Las gemelas Anna y Lisa alcanzaron la fama al entrar juntas, de la mano, en la meta del maratón olímpico de Rio. Llegaron en puestos muy retrasados y con marcas muy inferiores a su mejor registro, así que les llovieron las críticas porque antepusieron la foto al espíritu competitivo.
Estos días en la Selva Negra, con las hojas cayendo ya de los árboles alrededor de las cascadas de Triberg, no me dejo engatusar por la llegada prematura del otoño porque luego miro el teléfono y veo que en València siguen las temperaturas muy altas y las noches insoportables. Cuánto voy a echar de menos las noches bajo el edredón…
Pasan los kilómetros y me pongo a pensar en Yomif Kejelcha, que hace unos días, en la invernal Buenos Aires, batió el récord del mundo de medio maratón (56.51). El atleta etíope se hizo mundialmente famoso el año pasado, cuando se convirtió en el segundo hombre en bajar de las dos horas en maratón -unos segundos antes lo hizo Sabastian Sawe, el primero en lograr este hito deportivo para la humanidad-. El gran público, que asistió con interés a este acontecimiento, desconocía que Kejelcha, alto y flaco como un espárrago, había corrido los 1.500 en 3.31 antes de la era del carbono, que tuvo el récord del mundo de la milla en pista cubierta, y que atesora también marcas de 7.23 en 3.000, 12.38 en 5.000 o 26.31 en 10.000.
Kejelcha, que solo tiene 29 años, no hizo una preparación excelente para aquel maratón en menos de dos horas (1h59:41). Por eso todo el mundo espera su segundo intento, que será el próximo 6 de diciembre en València junto a otro elegido, el keniano John Korir, el vencedor el año pasado y el triunfador este año en el 130 aniversario del Maratón de Boston.
Esta semana, ademas, se ha sabido que Sawe, desgraciadamente, no correrá en Berlín por culpa de una lesión. Esto significa que el primer ataque serio a su plusmarca mundial será en València con Kejelcha apuntando al centro de la diana para correr su segundo maratón también en menos de dos horas.
La pregunta que surge ahora es si no está demasiado en forma, como demostró en Argentina, cuando todavía faltan más de tres meses para la gran cita de València, donde, sin duda, se preparará una carrera para batir el récord del mundo de maratón. Pero este es un quebradero de cabeza para Juan Botella, no para mí, que bastante tengo con acelerar el paso mientras se levanta la niebla y los interminables trenes de mercancías pasan al otro lado del Kinzig.