Un duelo de cuatro días corriendo que acabó con un delicado abandono

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ANÁLISIS | LA CANTINA
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VALÈNCIA. Correr a 6,7 kilómetros por hora no parece un desafío extraordinario. Hacerlo durante casi cuatro días, prácticamente sin dormir, es una locura. Así es el formato Backyard que inventó en Estados Unidos el irrepetible Gary Cantrell, más conocido como Lazarus Lake. El modelo es muy simple: tienes que dar una vuelta al circuito de algo más de cuatro millas (6,7 kilómetros) cada hora. Da igual que completes la vuelta en 21 minutos y descanses 39 que lo hagas en 59 y pares solo un minuto. Solo hay un vencedor cuando el resto de rivales, todos, sin excepción, se han retirado. Solo puede quedar uno. La última carrera bajo este formato, llamada Last Soul Ultra, se celebró en Alemania. Empezó el viernes y acabó el martes. Demoledor.

Lo curioso de esta carrera, al menos este año, es que ha trascendido más la historia del segundo clasificado, aunque, en realidad, en este formato no hay segundo: todos los que se retiran se consideran DNF (did not finish). Pero la manera de terminar de Ayyoub El Osrouti, conocido como Ello, ha cautivado a los amantes de las carreras de larga distancia. Este joven corredor alemán resistió durante 623 kilómetros. Ello dio 93 vueltas y se rindió en la 94, la que coronó al campeón, Mark Dowdle. Ambos competidores estuvieron casi cuatro días sin dormir. Poniéndose a correr cada vez que el minutero daba una hora en punto. Una vuelta y otra y otra y otra más.

Una competición inhumana.

Ello y Dowdle resistieron mucho tiempo y la no renuncia de uno significaba una hora más de agonía para el otro. Es como si se hubieran cogido del cuello, hubieran apretado fuerte y hubiesen esperado a ver quién aguantaba más. En la vuelta 94, a las 94 horas de darse la salida, Ello llegó a un descampado y se dejó caer sobre la hierba totalmente exhausto. La imagen fue recogida por un dron, desde lo alto, y eso nos permitió ver desde arriba su caída en cámara lenta, agotado, rendido al fin, para terminar casi en posición fetal. Un final cinematográfico para una carrera de película.

Su mano a mano fue épico. Ello y Mark se quedaron solos desde la vuelta 82. Su pulso se extendió durante once horas más. Once vueltas agónicas empeñados en no rendirse. La mente llevada al límite cuando el cuerpo ya hacía tiempo que había traspasado esa barrera por el bosque de Fürsten, en la Baja Sajonia. El organizador de la carrera es Kim Gottwald, un ultramaratoniano que de joven simplemente se propuso correr 10 kilómetros cada día. Luego se mudó a Colonia para estudiar Derecho y allí le encontró la gracia a ponerse retos como recorrer todos los trayectos de tranvía de la ciudad. También creó su propia marca de ropa deportiva. Ahora monta cada año la Last Soul Ultra, que esta vez reunió a 169 valientes.

“Hubo momentos altos y otros muy profundos”, rememoraba Ello en un post. “Trabajamos. Luchamos. Seguimos avanzando. Durante 93 vueltas tienes mucho tiempo para pensar. Sobre correr. Sobre la vida. Sobre la gente que hay alrededor tuyo. Sobre lo que realmente importa y lo que no. Al final, 630 km no fueron suficientes para el resultado que buscábamos. Pero a veces te vas con algo diferente. Aprendimos. Crecimos. Y un equipo que tuvo muy poco tiempo para prepararse juntos se volvió increíblemente unido en el camino”.

La experiencia de Mark Dowdle, un tipo 29 años con la cabeza de hormigón, el ganador, no fue más agradable. Solo resistió una vuelta más. Esa fue la única diferencia entre los dos, y el vencedor tenía la experiencia de otras carreras ultra y de que, en ocasiones, a partir de la vuelta 50, había empezado a alucinar. A mitad de una vuelta se ponía a hablar con gente que no existía. Conversaciones imaginarias mientras su mente deliraba. Pero él seguía avanzando. Un paso más, Un vuelta más. Una hora más. Mark tiene muy estudiado que en 70 horas de carrera hay tres momentos de gran dificultad. La renuncia por comodidad es una. “La mayoría de la gente no se rinde por dolor, lo hace cuando la comodidad lo justifica. Ahí se abre la brecha entre quién eres y quién podrías ser. El segundo asalto es lo que él llama ‘el momento oscuro’. Es inevitable. “Sufrir sin contexto destruye a las personas. Sufrir con sentido las transforma”. Y por último está ‘el paso adicional’. “El que das cuando ya se han presentado todas las razones para dejar de hacerlo”.

Pero lo que se hizo viral fue la imagen de ellos, con su cuerpo, casi insignificante en aquel campo de color pajizo, tendido en el suelo. Un ser minúsculo que yace en la lona. Él lo vio así: “Esta imagen de alguna manera dice más de lo que podría expresar con palabras. Una persona en un campo enorme. 630 km en las piernas. 94 bucles en la mente. Agotado. Agradecido. Orgulloso. No es el final que esperábamos. Pero sin duda es un capítulo que jamás olvidaré”.

Antes de desplomarse se le vio luchar contra su cerebro. Ello intentaba avanzar. Muy despacio. Con unos pasos pesarosos. Piernas de arena que se desmoronaban a cada paso. Hasta que entendió que no le daba tiempo a llegar hasta la meta. No le quedaban más fuerzas. Así que entró en ese terruño y se dejó caer. 

Foto: Mark Dowdle.

Luego lo llevaron a la meta y ahí empezó la recuperación: hielo, masajes, acupuntura y comida, mucha comida. Después, dos semanas de reposo. No mucho más que caminar. Luego llega la natación, para evitar los impactos. Treinta o cuarenta y cinco minutos. Y, mientras, reconstruir su cuerpo, visitar al médico, hacerse análisis y revisiones.

Ello decidió correr las primeras 80 vueltas sin teléfono ni auriculares. “Quería conectar con la naturaleza y mis propios pensamientos. Quería poder pensar en todo, oír mis pasos, oír la naturaleza, pero también percibir a los demás atletas y el ruido ambiental”, explicó en una entrevista con ‘Sport1’. Pero llegó sin momento en el que sus brazos se movían pero sus piernas no. Mi cabeza decía: tienes que seguir. Pero mi cuerpo no obedecía. En esa zona entendí que no me daba tiempo a cruzar la meta una vez más. Entonces vi esa zona mullida y me pareció muy tentadora. Y me dije: ve hasta allí, túmbate y ya está”.

Antes vivió un duelo tremendo con Mark Dowdle. El campeón trató de jugar con su mente, buscar sus debilidades, meter el dedo en las heridas. Y en la vuelta 87 decidió pegarse a él y correr un metro o metro y medio por detrás. Si Ello aceleraba, Dowdle aceleraba. Si aminoraba el paso, el otro también. Si Ello se paraba y miraba qué hacía Mark, este le imitaba. “Fue una locura. Indescriptible”, dijo el perdedor. Entonces decidió tumbarse y esperar, y ahí ya se marchó su contrincante. Durante otras vueltas no lo veía pero escuchaba sus gritos en mitad del bosque. ¿Deliraba? ¿Lo hacía a propósito? Quién sabe. El formato Backyard es así.

 

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