VALÈNCIA. Me he embarcado en un reto personal y deportivo que pensaba que iba a ser mucho más liviano. Me he propuesto volver a correr un medio maratón. Digo volver porque hace 18 años, desde 2008, que no corro esta distancia. El medio maratón era algo habitual cuando tenía 20 y 30 años. No lo he intentado ni con 40 ni con 50. Así que el proceso es todo un enigma para mí. Porque hace veinte años era muy sencillo: aumentabas el número de kilómetros cada semana y en mes y medio estabas a punto. Ya no.
Ahora soy más viejo, más gordo y más lento. Si todas estas variables cambian, el entrenamiento también. El lunes corrí 12 kilómetros por primera vez en mucho tiempo. Fue toda una experiencia. Los primeros siete fueron un regalo. Después de varios días de nubes y lluvia, el lunes salió el sol y yo lo abracé corriendo tranquilo y feliz. Siempre me ha gustado esa sensación de ir devorando los kilómetros sin estar demasiado pendiente del tiempo y de cuánto llevas.
Salí desde el Palau de la Música, mi punto de partida y mi meta desde hace 40 años, llegué al Oceanogràfic, salí a la calle, alcancé el puerto y tiré por la Marina Sur hasta el faro. Todo iba bien. Las pulsaciones bajas y el ánimo bien alto. Así que di media vuelta y seguí corriendo. Uno o dos kilómetros más tarde empecé a sentirme cansado. Es el momento que aprovecha el cerebro para sabotearte. La cabeza empieza a chincharte donde más duele: estás mayor.
El sufrimiento no fue a mayores. Correr 12 kilómetros tampoco era un desafío salvaje, pero sí un aviso de que el camino no será sencillo. Y las secuelas, los dolores que me llevan otra vez al fisio. Mi entrenador, Toni Montoya, que conoce mi realidad, hace juegos malabares para cuadrarlo todo y que el camino sea agradable. Él conoce mis factores y también otra diferencia con la juventud: el horario. Ahora puedo programarme correr a las cinco de la tarde y a las cuatro y media recibir un encargo. Ese día ya no tengo margen. Está perdido.
Lo mejor, creo, es dar un paso atrás y relativizar. Primero, si no llego al objetivo, no pasa absolutamente nada. Nunca me importaron demasiado las carreras: yo corro porque me gusta correr, no por alcanzar determinados objetivos que, por otra parte, ya alcancé con 20 y 30 años. Y si toca sufrir, pues sufriremos. Tampoco pasa nada. Mientras sea llevadero, seguiremos poniendo un pie delante del otro.
Esto de correr ha cambiado por completo. Ahora tenemos mejores zapatillas, mejor material, mejores ayudas y, sobre todo, mucha más información. Yo corrí a pelo mis tres maratones. Creo que en el último me tomé un gel. Ahora entiendo el mérito de lo que hice. Ahora tengo un entrenador con conocimientos y la capacidad para entender quién soy, cómo soy y cuáles son mis circunstancias.
Pongo un ejemplo: ahora no puedo correr tres días seguidos, y antes corría todos los días. Es más, intentamos no correr dos días seguidos. Mi cuerpo lo agradece. Antes no iba al gimnasio. Ahora voy dos o tres días a la semana. Todo ha cambiado. Antes iba a correr por la mañana, jugaba un partido de fútbol por la tarde y salía por la noche. A la mañana siguiente estaba corriendo otra vez. Ahora no puedo perdonar el descanso, un pilar en mi preparación.
La semana que viene tengo que salir a correr cuatro días. Da igual que estemos en Fallas y que el fin de semana me vaya a Polonia. El entrenamiento sigue. Volveré a intentarlo. No puedo prometer nada más. El entrenamiento se va complicando, pero esto, lejos de ser algo aterrador, es un estímulo para alguien que quiere volver a hacer algo que ya hizo años atrás. Formentera espera. ¿Llegaré entero a la salida? Con eso ya me conformo.