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opinión

Saca a Kang In Lee

14/06/2019 - 

VALÈNCIA. Hay muchos momentos memorables de la final de Copa, como siempre pasa cuando tu equipo conquista un título, pero a mí me gusta quedarme con los detalles más friquis, aquellos que recordaré más que los clásicos del capitán levantando la copa o los jugadores abrazándose envueltos en banderas del Valencia, de sus países y de sus comunidades autónomas. Prefiero a Juanfran sobre el larguero del estadio de La Cartuja reclamando que alguien le hiciera caso que al actual rey emérito dándole el trofeo a Mendieta. Y, antes que a Parejo recibiendo la Copa del Rey no emérito, prefiero el troleo de los futbolistas a la afición con sus dos cánticos favoritos: “Échale huevos, Valencia, échale huevos” y “Saca a Kang In Lee”.

Del primero, diré que es una manera divertida de darle la vuelta a la realidad, de pervertir la relación del equipo con la grada, convirtiendo un cántico de exigencia en propio, haciendo de una petición una obligación. El segundo merece un análisis más extenso y, para eso, me he puesto a escribir este artículo.

Kang In Lee supone para al valencianismo la esperanza de un futuro glorioso, el futbolista que puede marcar una época, nuestro Messi. Sería el Kempes del siglo XXI si no fuera porque a Kempes lo descubrió Pasieguito y se lo trajo de Rosario después de una dura negociación, y a Lee lo ha criado Paterna desde que se presentó a aquellas pruebas para ver si podía formar parte de la cantera valencianista sin hablar ni papa de castellano ni inglés. El coreano, además, es un chaval entrañable, un chico simpático y con pinta de humilde, que habla castellano con fluidez y que ha manifestado, en más de una ocasión, su agradecimiento al club en que se formó.

Ahora de Kang In Lee se está saliendo en el Mundial sub'20 que se celebra en Polonia (recordemos que, en ediciones anteriores de este torneo, descubrimos a un tal Maradona y un tal Messi), la afición del Valencia tiembla por el futuro del joven futbolista asiático. Es la pieza más valiosa de su cantera, un elemento frágil que puede irse al traste si los técnicos y los dirigentes no dan los pasos adecuados para integrarlo definitivamente en el primer equipo y que su talento se ponga al servicio del Valencia. Es como cuando te toca la lotería o recibes una herencia inesperada y multimillonaria, y no sabes dónde guardar el dinero por miedo a que alguien -sea un banco o un ladrón- te lo quite. Y ese temor no es ninguna broma. Al principio de esta década, el Valencia regaló (no encuentro otro verbo más adecuado para definirlo) a Isco al Málaga después de que el entrenador de entonces, Unai Emery, lo descartara para la primera plantilla por una razón de peso: decía que estaba gordo. Cierto que Isco tenía, y tiene, tendencia a criar un culo como el de Batshuayi, pero la calidad del futbolista de Arroyo de la Miel es indiscutible, le pese el trasero o no, nos guste su fútbol de sobar y sobar el balón o no, y su cotización y su relevancia internacional han subido como la espuma en estos años. Y el aficionado, como tiene miedo de perderlo, reclama a Kang In Lee en el equipo titular del Valencia, como un seguro de que así no acabará yéndose.

Da la impresión de que Marcelino y Mateu Alemany han calibrado los pasos que ha de dar Kang In Lee para convertirse en la estrella del equipo en la década de los 20. El camino hasta aquí lo refrenda. Sus pinceladas -las justas- en las eliminatorias de copa, el permiso para irse al Mundial en lugar de acabar la temporada con el Valencia y la sensación de que el jugador va creciendo poco a poco hasta el momento en el que nadie discuta su presencia entre los titulares del primer equipo son los signos de una evolución que, como ocurrió, por ejemplo, con Messi en el Barcelona, no fue flor de un día. El argentino, a la edad que ahora tiene el coreano, era un suplente en el primer equipo, una promesa que, cuando salía en las segundas partes, era diferencial, pero cuando actuaba de inicio acusaba demasiado la responsabilidad. Solo dos años después, cuando ya había cumplido los 20, era titular indiscutible.

Con Kang In Lee se impone la paciencia. A todos nos gustaría verlo triunfar con 18 años domingo tras domingo, que el Valencia volviera a tener al mejor jugador del mundo, como ya ocurrió hace 40 años, y que, con su ascendencia, el equipo viviera otra época de gloria. Pero nunca hay que comerse la paella antes de que el arroz esté hecho, por muy buena pinta que tenga. Crucemos los dedos y confiemos en los cocineros.

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