OPINIÓN

Sistemas

Marcelino vive íntimamente ligado al 1-4-4-2 como mejor manera de desarrollar su idea de fútbol y la temporada pasada a todos nos parecía perfecto. Sin embargo, como las cosas ahora no funcionan, no falta quien discuta el dibujo que debe implementar el entrenador valencianista

29/09/2018 - 

VALÈNCIA. Cuando un equipo de fútbol no funciona surgen, por generación espontánea, debates recurrentes que se suelen repetir en el tiempo. El más socorrido de ellos es el que tiene que ver con la preparación física  seguido muy de cerca por  la motivación (aunque se suele aludir a ello como la falta de huevos). Estas dos se sitúan en el TOP aunque hay muchos más: las salidas nocturnas, la fractura de un vestuario… etc, pero, como ahora todos somos entrenadores avezados, viene cobrando mucha fuerza en los últimos años el debate de ‘el sistema’. Y al hilo de ello, siempre me viene a la cabeza la frase del gran Luís Aragonés que repetía hasta la saciedad: `cualquier sistema es bueno si está bien trabajado’, frase que junto a la de que el sistema lo hacen bueno o malo los futbolistas creo, resumen perfectamente todo lo referente al asunto de los sistemas de juego en el fútbol. La evolución del propio deporte, el perfeccionamiento que los profesionales han ido alcanzando y, por qué no decirlo, también las modas, han hecho que los sistemas hayan ido cambiando, pero hay algo que nunca cambia: El sistema que uno considere ‘el mejor’ fracasará si los futbolistas no lo ejecutan convenientemente y, al contrario, el talento y la entrega de un equipo puede terminar haciendo bueno un sistema mal gestionado desde el banquillo.

Marcelino vive íntimamente ligado al 1-4-4-2 como mejor manera de desarrollar su idea de fútbol y la temporada pasada a todos nos parecía perfecto. Sin embargo, como las cosas ahora no funcionan, no falta quien discuta el dibujo que debe implementar el entrenador valencianista desde el axioma de: “nos han cogido la matrícula”. Pero con ese sistema el Valencia firmó un temporada impecable y, aunque “nos hayan cogido la matrícula”, con el mismo sistema el Valencia volvió loco al Celta en la primera parte del partido del pasado miércoles. La diferencia con respecto a otros partidos o, sin ir más lejos, con la segunda parte del mismo partido tiene que ver con la elección de aquellos futbolistas que están en mejor predisposición de rendimiento y, en definitiva, con la propia ejecución e intensidad que los jugadores aplican en cada momento. Cuando un entrenador pone en práctica un sistema de juego los hace SIEMPRE con la intención de ganar el partido pero… si los jugadores no van cara al aire o si los jugadores sobre el terreno de juego son peores que los rivales o dejan en el campo menos que los rivales, el fracaso está casi asegurado utilizando el sistema que utilices. Tan sencillo y tan complejo al mismo tiempo.

Otra cuestión que sale a colación en este tipo de debates – y me parece muy interesante- trata de la capacidad que tenga un equipo de manejar diversas versiones de juego implementando sistemas diferentes en función de diversos factores que pueden incidir en un partido: las prestaciones de tu propio equipo en función de posibles ausencias que lleven al entrenador a modificar el dibujo del equipo, la adaptación al rival con la intención de hurgar en la herida de sus defectos y tapar sus virtudes o la adaptación al propio partido que pueda demandar un cambio de sistema en un momento determinado. En este particular sí me parece que Marcelino puede resultar un tanto rígido aunque tengo la sensación de que intenta: en primer lugar reforzar el trabajo y los automatismos practicados en los entrenamientos sin confundir al futbolista y, en segundo, dotar al equipo de una personalidad de la que no se apee en momentos de duda.

El fútbol está abierto a un mundo de opiniones y al entrenador le suele tocar sentarse en la ‘silla eléctrica’ muy a menudo. Si, como hizo Antonio Mohamed el miércoles, cambia el dibujo de su equipo en la segunda parte y le sale bien: es un fenómeno pero, si le sale mal estaríamos ante un ‘ataque de entrenador’. En Vigo se acusaba al Celta de ‘no saber a lo que juega’ precisamente por estar abierto a esos cambios de sistema, hasta que sale bien y se elogia la versatilidad del equipo. Aquí estamos con lo del inmovilismo… hasta que el inmovilismo funcione. Entonces, al inmovilismo le llamamos ‘personalidad’. Al final todo termina reduciéndose en: A partir de uno o dos sistemas bien trabajados, poner a los que mejor estén y que estos mantengan un nivel de intensidad óptimo. 

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