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OPINIÓN

Soler y Cancelo, dos caras de la misma moneda

Las dos cuestiones reflejan a las claras como está la situación en el Valencia. Que un no gol te provoque esperanza y un gol te genere todo menos celebración es la radiografía más nítida del despropósito en el que se ha convertido el club...

5/04/2017 - 

VALENCIA. Corría el minuto 68 de una dominguera tarde soleada de primavera. El partido navegaba por la zozobra, con la tensión justa de no quedarse dormido del todo por aquello de si marcan un gol los coruñeses, enemigos íntimos venidos a menos por aquello de las geografías de la clasificación. Y sucedió. El portero que para casi todos los penaltis sale por arriba y bloca la pelota para, en ese mismo instante, lanzar el balón de sus manos a la bota derecha de Carlos. Una cabalgada, con el balón cosido al pie, desde el borde del área propia hasta el borde del área rival para cederla al compañero Orellana. La jugada no acabó en gol, pero alentó y zarandeó a la parroquia. Carlos se lamenta y vuelve a ocupar su posición. Aquí hay jugador.

Minuto casi 91 de la misma tarde. Tras ser recibido diez minutos antes con música de viento que lo espolea, Joao busca con ahínco el gol. Hasta tres veces intenta batir la portería. Y a la cuarta, en una demostración de talento y de recursos técnicos, marca lo que los clásicos plumillas dirían 'el de la tranquilidad'. A pesar del minuto y de la poca trascendencia, más allá de la estadística y los puntos para el Netliga. Caliente, manda callar a la grada con ese gesto de enfermera que empapela los hospitales. Y consigue el efecto contrario. Silbidos y bronca del respetable, con gesto reivindicativo del lateral-extremo señalando el dorsal personalizado, como hacía aquel que querían que fuese el 7 de España, con más bronca todavía. En la celebración, los más veteranos aplacan la sangre de Joao y se marca un 'embrague', que es meter la pata para hacer después los cambios, pidiendo perdón juntando las palmas de las manos. Después, bien hecho por quien corresponda del club, se utilizan todos los resortes al alcance para amortiguar el golpe y el propio chaval se disculpaba en sus redes.

Las dos cuestiones reflejan a las claras como está la situación en el Valencia. Que un no gol te provoque esperanza y un gol te genere todo menos celebración es la radiografía más nítida del despropósito en el que se ha convertido el club. Lo de Cancelo, cuestiones personales a un lado, es la reacción de una persona superada por el entorno y las circunstancias. Nada que ver con la edad, dicho sea de paso. Maradona, cuando clasificó para el Mundial a Argentina cuando era seleccionador, hizo lo mismo con aquello de 'Que la sigan chupando'. Y el Diego ahora es de todo menos joven. Pero también es la personalización, injusta, de una manera de gestionar deportivamente el Valencia. El jugador no tiene culpa del coste que pagó el club. Como tampoco la tuvo cuando estuvo encerrado en un hotel hasta que se cerró su fichaje. Los dedos acusadores han de ir a otro lado. Ya saben donde.

Esperemos que el nuevo CEO del club tome nota de todo. De lo bueno y de lo mejorable. De las fortalezas y de las debilidades. Pulir estos detalles, que parecen insignificantes pero que no lo son, es la base para generar la cultura de club que parece perdida desde que Meriton se instaló en nuestra ciudad. Cuidar a las personas que conforman el club es básico para ello. Comenzando por los jugadores de la primera plantilla, las inversiones más arriesgadas y los más vulnerables a todo tipo de cuestiones, magnificadas, si se quiere, por el estatus económico de ser futbolista de élite. La autogestión grupal y personal es peligrosa. Para ambas cosas hay que ser maduro y pausado. Y como que no. Aunque si la cuestión es que el bueno de Joao andaba disperso por cuestiones personales, sería interesante preguntarse la paternalidad de Gestifute con sus jugadores, tan cacareada en documentales y libros. Probablemente ustedes y yo sospechemos lo mismo, que la excusa de lo personal es una salida por la tangente ante una metedura de pata de proporciones bíblicas, una manera de justificar lo injustificable. Y más cuando el parapenaltis oficial de La Liga tiene una parecida en el mismo partido, casi en el mismo momento, pillada por la tele. Ese es el principal escollo. La desafección de la afición con estos jugadores, la continua sospecha que cae sobre ellos semana sí, semana también. La lista de los que se borran, de los que no aprietan los dientes, de los que buscan bajarse del barco. He ahí el quid de la cuestión, Mateo.

El club tiene mimbres en todos los campos. Directivos que son fichados por grandes empresas, jugadores que están en listas de grandes equipos. Y sobre todo, como dijo Manolo Montalt ayer en estas mismas páginas, la grandeza de un club como gran mimbre donde cimentar la resurrección, como equipo y como entidad. Porque, afortunadamente, aunque el lobo Meriton sople, sople y sople con su mala gestión, no derribará esta casa de cerditos.

Porque casi cien años de historia no pueden dejarse al azar de ver que cara de la moneda es la que toca. No es cuestión de probabilidades ni de suerte. Eso es para los mediocres.

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