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ANÁLISIS / LA CANTINA

Torrijos, Residente y la felicidad

6/03/2020 - 

VALÈNCIA. Fue cumplir los 50 y comenzar a desmoronarse el castillo. A la semana se murió mi padre.   Al mes, me largaron del curro. Días después, mi madre, que tiene Alzheimer, se rompió la cadera. Y yo pensaba: vale, bien, y qué más. Y, aunque seas un tipo emocionalmente frío, algún día se te escapa el rebaño y comienzas a darle vueltas a si no será todo eso mala suerte.

Pero, en realidad, yo no pierdo mucho tiempo con esas sandeces. En mi brújula no hay puntos cardinales sino solo una flecha que señala hacia la felicidad. Ese es mi rumbo, mi único rumbo.

Porque lo de la suerte es tan relativo... En verdad mi padre tuvo mucha suerte. Bajó el telón a los 86 años, cuando ya no tenía mucho más interés por la vida y se desvaneció en apenas tres minutos, después de afeitarse y bajar a por el pan, como cada mañana. Se ahorró, nos ahorró, toda esa letanía de hospitales y noches en vela.

Lo del trabajo, después de 27 años en la misma casa, fue una sacudida. Pero, ya ves, antes de dos meses vuelvo a subir la persiana de la cantina. Me han dado un nuevo lugar, en la Plaza del periodismo valenciano, y yo estoy aquí, nervioso, ilusionado, pasando el paño por la barra para que quede bien lustrosa cuando entren los primeros clientes.

Este es el rincón de los deportes chicos. Aquí no se pone el fútbol. Si quieres ver el fútbol, te vas a otra parte. Y si hablo de fútbol es para defender a los árbitros o para criticar las conductas comúnmente aberrantes del futbolero cerril. Aquí se llora a Kobe Bryant y se adora a Ricky Rubio. Aquí se recuerda a Emil Zatopek o a Nadia Comaneci. Aquí se pone en valor a esos locos que dan la vuelta al mundo en un velero o a esos jóvenes que hacen equilibrios para vivir de pegarle palmadas a esa obra de arte que es una pilota de vaqueta. Aquí se trasnocha para ver el juego descarado de Carlos Alcaraz o un ‘approach’ de Sergio García. Esto es la cantina.

Y escribir de estos otros deportes me hace feliz. Y a la felicidad se llega por diversos e inescrutables caminos. Pablo Torrijos, el gran saltador de Castellón, no olerá las medallas olímpicas el próximo verano en Tokio, pero el pasado domingo, después de batir su récord de España (17,18) sumándole un par de pasos a su carrera frenética hacia la tabla, exclamó: “Esto no debe estar muy lejos de la felicidad absoluta”.

Y, en cambio, Residente, el celebérrimo cantante boricua, le ha cantado al mundo que ni todo el dinero de su cuenta corriente ni los más de 25 grammys que tiene en casa le dan la felicidad. Su última canción, ‘René’, me tiene en shock. Y, a tenor de los 50 millones de visualizaciones en YouTube que ha acumulado en apenas una semana, también a medio mundo. Resiente rima la tristeza con la melancolía. Y el resultado es un vídeo desgarrador.

Una señal más

Porque desde que cumplí los 50, no dejo de ver señales, mensajes que me cogen de las solapas y me recuerdan que la felicidad no es el dinero, ni el ego, ni ser el más fuerte. La felicidad es querer y que te quieran. La felicidad es escribir de lo que te gusta y que guste. La felicidad soy yo y los que quieren estar felices conmigo.

Y la felicidad, después de noches de insomnio y mañanas con la angustia apretando los pulmones sin piedad, es coger un avión y marcharse a Ourense a ver unos Campeonatos de España de atletismo, el deporte donde encontré una familia que me dio cariño en los días tristes, el rincón donde encontré la luz en medio de la oscuridad. Y allí, entre pulpo, raxo y chupito de orujo, viendo carreras, saltos y lanzamientos, entendí, como Residente, que quería volver a ser yo.

“Quiero quedarme allí, no quiero salir de allí

Quiero volver, a cuando no me dejaban entrar porque me vestía mal

Quiero volver a sentir a cuando no tenía que fingir

Yo, quiero volver a ser yo”

Como ese Torrijos que, cinco años después de su segundo y último récord de España, encuentra la felicidad con esta nueva plusmarca. Yo solo quiero escribir y contar historias de deportes o de otros asuntos.

Solo quiero ser feliz. Como ocurre cuando lees a Galder Reguera. En su última obra, titulada ‘Libro de familia’ (Seix Barral), deslizarte por sus páginas equivale a volver a sentir que paso la mano por la calva suave, mullida y hasta perfumada de mi abuelito Fernando.

Yo, quiero volver a ser yo.

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