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Un hecho aislado

9/04/2021 - 

VALÈNCIA. John Barnes, aquel elegante interior izquierda del Liverpool y la selección inglesa que deslumbró con su fútbol en los primeros años de la década de los noventa, pensó en alguna ocasión montar una frutería con la gran cantidad de plátanos que los aficionados de los equipos rivales le lanzaban durante los partidos que jugaba en Inglaterra. Barnes era negro y le tocó vivir tiempos convulsos en el fútbol inglés, en una época en la que su país, proscrito de las competiciones internacionales por culpa de la tragedia de Helsey en 1985, intentaba lavar su imagen cara a la opinión pública internacional. Pero en Inglaterra, el país de mayor tradición futbolística, los jugadores negros todavía eran, en los primeros años en que Barnes jugó en la Premier, objeto de insultos, mofas y descalificaciones por parte del público y, pese a que la presencia de futbolistas de color era cada vez más frecuente en los clubes, sólo hasta 1979 la selección más antigua del mundo no vio cómo un jugador de raza negra se enfundaba su camiseta. Fue el lateral del Nottingham Forest, Viv Anderson, una de las figuras del entonces campeón de Europa.

El fútbol inglés ha evolucionado mucho desde que Barnes se dedicara a la recolección de plátanos en los estadios del país porque sus rectores han hecho todo lo posible para erradicar el racismo de las gradas. Sanciones a aquellas entidades que acogían en sus campos a aficionados racistas, multas a jugadores que manifestaban una actitud discriminatoria con sus semejantes e incluso amenazas de cierre de recintos deportivos si en su interior proseguían los cánticos de tinte racista fueron algunas de las medidas que adoptaron las autoridades para limpiar el fútbol de actitudes xenófobas. Por ello, la sensibilidad británica ante los brotes de racismo en el fútbol es mucho más comprometida que en otros países.

Uno de ellos es España. Quizá porque el negro siempre ha sido un elemento exótico en los clubes de nuestro país, el racismo se encuentra plenamente arraigado en las aficiones de los clubes. En España, el fútbol profesional es cosa, casi exclusivamente, de blancos y la presencia de futbolistas negros en la selección (Donato, Marcos Senna, Ansu Fati) ha sido tan anecdótica como insólita. Y, en consecuencia, el negro es un elemento extraño en los campos de fútbol, cuando no hostil (hasta los árbitros vestían de ese color en tiempos nada lejanos), que se transforma en odioso cuando el ambiente se caldea.

El problema no es que el fútbol español sea racista, que no lo es más que el fútbol alemán, francés o italiano, sino que sus dirigentes miren hacia otro lado cuando aflora en su entorno. Hace más o menos 25 años, Jesús Gil, entonces presidente del Atlético de Madrid, llamó “negro de mierda” a los futbolistas de su equipo Adolfo Valencia y Donato, e incluso amenazó con matar al primero si persistía en su supuesta actitud indolente en el terreno de juego. Los dirigentes federativos ni siquiera abrieron un expediente administrativo al orondo mandatario atlético y consideraron sus manifestaciones como “un hecho aislado”. Otros “hechos aislados” que registró nuestro fútbol fueron las declaraciones de Roberto Carlos, cuando afirmó, a su llegada a España, que se sentía atacado por el color de su piel, o los aullidos de imitación simiesca que profieren algunas aficiones en determinados partidos de fútbol cuando un jugador negro entra en contacto con el balón.

Ya entrados en el siglo XXI, los “hechos aislados” siguen produciéndose. Hace poco más de un año, Iñaki Williams fue insultado por un sector de la grada del estadio de Cornellà-El Prat por el color de su piel. La Liga de Fútbol Profesional no sancionó a nadie. No así la fiscalía de un juzgado de Cornellà, que abrió una investigación, que sigue en curso, contra dos aficionados del Espanyol por racismo.

Lo ocurrido el domingo pasado en Cádiz tiene pinta de acabar siendo otro “hecho aislado”. Tanto que quienes dirigen la competición amenazaron a los futbolistas del Valencia si no volvían al terreno de juego después de su retirada, algo que no ocurrió con los futbolistas del Albacete después de que, en el campo del Rayo, los aficionados llamaran a un jugador de su equipo (un fascista confeso, por cierto) “puto nazi”. Pero todos conocemos la ideología del presidente de la Liga de Fútbol Profesional y el color de su piel.

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