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opinión

Un invento del siglo XXI

6/12/2019 - 

VALÈNCIA. Mañana sábado se jugará en el Ciutat de València el derbi número 141 de la capital de la Comunitat Valenciana. Dicho así, parece que el choque entre el Levante y el Valencia sea uno de esos partidos que movilizan el mundo entero, aunque lo disputen dos vecinos, caso del Milan-Inter, el Boca-River, el Celtic-Rangers o el Liverpool-Everton. Nada más lejos de la realidad. De esos 140 enfrentamientos, solo 39 corresponden a partidos oficiales y únicamente 26 se disputaron en la liga de primera división.

Durante años, diría que cerca de un siglo, el derbi no existió, por la sencilla razón de que no se disputaba nunca. Salvo eventuales enfrentamientos en Copa y partidos amistosos, entre el final de la Guerra Civil y el comienzo de esta centuria, Valencia y Levante jugaron en primera división cuatro veces, un escaso historial para considerar ese partido importante, por mucho que fuera el encuentro más igualado que se jugaba en la ciudad. Otra cosa es la rivalidad ciudadana, la que se entabla en la barra de un bar, con un grupo de amigos o en la cena de Nochebuena con el cuñado, pero esa rivalidad no aportaba al derbi más que palabras, fanfarronadas y morbo. En ese siglo de sequía de partidos importantes, el levantinismo celebraba las derrotas del Valencia como victorias propias, al menos en el interior de la militancia, y soñaba con el día en que Valencia tuviera un derbi normalizado, como ya ocurría en Madrid, Barcelona o Sevilla.

Por contra, en el otro extremo, en el valencianismo, la actitud era bien distinta. Es cierto que hay seguidores blanquinegros que se han alegrado de las derrotas del Levante, de sus descensos a tercera o sus época de fracasos, pero la mayor parte de los aficionados del Valencia han visto al club granota, en estos largos años, con la indiferencia de quien se cree superior. Ignorar es una forma de desprecio y el valencianismo ha cumplido a rajatabla ese principio ante el rival ciudadano, como si no tuviera suficiente categoría para competir contra él las veces que un caprichoso sorteo los emparejaba en una eliminatoria copera. No le faltaban razones. El Valencia competía cara a cara con el Atlético de Madrid, el Sevilla o el Athletic de Bilbao, y aspiraba a hacerlo con el Real Madrid y el Barcelona, pero nunca con el Levante o el Villarreal. Ni siquiera en la temporada en que el Valencia cayó en el pozo de la segunda división estaba allí el Levante esperándolo para consumar su venganza. La cosa cambió hace solo tres lustros, cuando el Levante se afianzó en primera y los derbis ya representan un dolor de cabeza para el valencianismo, más que nada para no tener que aguantar, en caso de derrota, al amigo, vecino o cuñado granota dando la tabarra por unos días. Para entendernos, durante más de 80 años, el Levante fue para el Valencia como un insecto molesto que aparece de vez en cuando, intenta picarte pero acabas alejando con dos palmadas o un abanico. Desde hace quince años, el bicho ha pasado de molesto a amenaza leve, un insecto que, si te pica, te puede hacer daño y te deja una marca en la piel durante varios días.

Los derbis entre Valencia y Levante son, pues, un invento del siglo XXI, un terreno perteneciente al fútbol moderno. Mas, como si los enfrentamientos ciudadanos quisieran recuperar el tiempo perdido en ese siglo XX inerte, la veintena larga de derbis jugados en esta centuria han traído no pocas polémicas. En la era preVAR, todavía se recuerda el gol fantasma de Mista en Mestalla, a comienzos del 2005, en el partido que inauguró la racha choques entre los rivales ciudadanos, o la calamitosa actuación de Medié Jiménez hace algo menos de dos años, cuando anuló un gol al Levante por un empujón de Gayá... a su compañero Gabriel, así como aquellos partidos en los que la dureza levantinista ha sido contestada desde el valencianismo. En la era del VAR, tal y como funciona la particular tecnología arbitral para equipos como el Valencia, todo puede pasar este sábado.

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