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análisis / la cantina

Feliz Aniversario

Los maratones de Valencia y Londres cumplen cuarenta años este domingo. Ambos germinaron en la barra de un bar

27/03/2020 - 

VALÈNCIA. Los maratones de Valencia y Londres cumplen este domingo, 29 de marzo, cuarenta años. No hay, en apariencia, muchos paralelismos más. Al año siguiente Londres ya tenía decenas de miles de peticiones para lograr un dorsal para correr junto al Támesis, mientras que en Valencia apenas eran unos cientos a quienes obligaban a irse de la ciudad para hacer la mayor parte del recorrido por El Saler y la Marjal. Luego la carrera británica se convirtió en una de las más importantes del mundo mientras que la española penó con marcas que eran una medianía y experimentos tan poco afortunados como aquel extraño maratón compensado -mediante una especie de hándicap, los veteranos y las mujeres salían primero y podían incluso llegar antes que los más rápidos- que se celebró en 1996 y 1997. 

Pero rascando un poco sí que se encuentran más similitudes de las esperadas. Valencia ha acabado teniendo un censo voluminoso y unas marcas notables, pero el parecido está, sobre todo, en el origen. 

Correcaminos se fundó en un bar, el Danubio, que era propiedad de Miguel Pellicer y Angelita Carrascosa. Aquel año, en 1979, apenas había gente en Valencia que hubiera corrido un maratón. Paco Borao, que trabajaba para IBM, era uno de ellos. El aragonés había acabado el estreno del Maratón Popular de Madrid, en 1978, así que después de fundar la Sociedad Deportiva, entonces conocida como ‘Club de footing’, sus socios alquilaron un autobús y se fueron a Madrid para ver qué era aquello. 

El maratón de Londres podría decirse que también germinó en una barra, la del Dysart Arms, un pub próximo a Richmond Park, al sudoeste de la capital. Allí se reunían todos los miércoles los atletas del Ranelagh Harriers para tomarse unas pintas. Muchas veces la conversación giraba en torno al maratón de Nueva York, que nació en 1970 dando vueltas a Central Park. Algunos corredores del club habían participado en 1978 y no paraban de recordar la experiencia como algo excepcional. En el Reino Unido ya se celebraba algún maratón, pero eran carreras aisladas en la que dos docenas de corredores avanzaban por caminos rurales ante más vacas que espectadores. 

En la barra del Dysart no solían faltar John Disley, que en los Juegos de Helsinki, en 1952, se colgó la medalla de bronce en los 3.000 m obstáculos, y Chris Brasher, quien cuatro años después, en los Juegos de Montreal, superó a su amigo y se proclamó campeón olímpico en la misma prueba. 

Ambos estaban hartos de escuchar las historias de Nueva York enaltecidas por las jarras de cerveza tibia y decidieron ir a comprobarlo con sus propios ojos. Disley y Brasher corrieron en 1979 y quedaron deslumbrados por un maratón donde los atletas no compiten entre ellos sino contra sí mismos y encima lo hacen rodeados por una multitud entregada al espectáculo. 

El primer miércoles tras su regreso a Londres fueron los primeros en llegar al Dysart Arms para relatarle al resto lo excepcional que era que 11.500 hombres y mujeres de cuarenta países del mundo corrieran ante cientos de miles de neoyorquinos. Brasher contó después su experiencia en un artículo para ‘The Observer’ y un editor de este dominical les consiguió una reunión con el Gran Consejo de Londres. Su entusiasmo convenció a los poderes fácticos de la ciudad y después de asegurar que solo cortarían un par de puentes del Támesis lograron la autorización si prometían que aquel proyecto no le costaría un penique al contribuyente. 

Brasher se remangó y viajó a Boston y nuevamente a Nueva York para aprender las reglas básicas del organizador y fijar un presupuesto de 75.000 libras esterlinas. Aquello era un dineral para ese par de atletas retirados pero entonces les llegó un golpe de suerte: Gillette quería dejar de patrocinar el cricket y alguien les habló del sueño de aquellos dos medallistas olímpicos. La empresa les dio el espaldarazo que necesitaban aflojando 75.000 libras los tres primeros años. 

Los organizadores recibieron 20.000 solicitudes pero solo dieron 7.747 dorsales. El maratón nacía con todo de cara: miles de corredores, miles de aficionados en los márgenes y miles de espectadores de la BBC. Y no solo eso sino que lo hacía con las expectativas de inspirar al mundo demostrando la capacidad organizativa de Gran Bretaña, impulsar el turismo de Londres llevando la carrera junto al Big Ben o el Puente de la Torre y demostrar que la unidad era posible en el mundo.

En Correcaminos, con otra realidad y un apoyo menos rotundo, se conformaron con redactar un decálogo donde recomendaban a los neófitos dejar de fumar o reducir el consumo de bebidas alcohólicas. Y en un alarde de insensatez, como si fuera una locura de juventud, los organizadores se colgaron el dorsal y aquel 29 de marzo de 1981, a las ocho y media de la mañana, salieron a correr el maratón. Una temeridad que no volvieron a repetir nunca más. Al contrario, aquel grupo de jóvenes corredores acabó convirtiéndose en un excelso comité organizador. Ese día, con el dorsal número 13, Paco Borao llegó a la meta de la Alameda, el final que, además de los hombres, alcanzaron siete mujeres y unos cuantos niños y donde el público convirtió aquella osadía en una gran fiesta en, Hoy, cuarenta años después, Borao es el líder de una carrera que ya es la mejor de España y una de las mejores del mundo y el presidente de la AIMS, la asociación internacional de maratones. 

Por el camino se han ido perdiendo referentes. Brasher murió en 2003 y Disley, en 2016. Valencia también ha llorado a algunos de sus pilares, como Paco Gómez-Trenor, fallecido en 1985, Miguel Pellicer, en 2010, y Toni Lastra, el gran líder de Correcaminos, que murió mientras almorzaba en un bar de L’Eliana en 2015. A todos ellos va también dedicado este aniversario. Cuarenta años.

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