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opinión pd / OPINIÓN

Cualquiera tiempo pasado fue mejor

27/03/2020 - 

VALÈNCIA. Una de las grandes obras de la literatura castellana de la Edad Media es una necrológica en verso que escribió Jorge Manrique en el siglo XV con motivo del óbito de su progenitor. Todos hemos leído en el colegio (y si no las leímos nos agenciamos un resumen para salir del paso en el examen de literatura) las 'Coplas a la muerte de su padre' y muchos hemos aprendido fragmentos de la Copla I, la que termina con los versos “cualquiera tiempo pasado / fue mejor”. Con los siglos, ese final de la primera composición de Manrique ha alcanzado la categoría de frase hecha y sirve igual defender un golpe de estado que para enorgullecerse de los éxitos pretéritos de un equipo de fútbol o rememorar un amor perdido.

No sé si es por la influencia del noble Manrique o por la propia naturaleza humana, pero el ser humano tiene tendencia a mirar al pasado cuando las cosas van mal. Lo lógico sería mirar hacia adelante, aunque, si uno está mal, el futuro no parece un bálsamo. Pero preferimos volver la vista atrás, porque nos es más reconfortante. Estos días, obligados a pasar las semanas recluidos en nuestros hogares, las conexiones con la realidad se limitan a la televisión, internet y las redes sociales. En todos esos medios, el pasado es una poción mágica para entretener a los espectadores. La televisión ofrece partidos de fútbol de los llamados legendarios, aquellos de los que recordamos más la vertiente sentimental que la deportiva, como si quisiera que volviéramos atrás para recordar dónde estábamos el día del gol de Señor a Malta o con quién nos abrazamos cuando Baraja remontó un partido contra el Espanyol que nos daba una liga inesperada. Internet se ha llenado de reclamos culturales que remiten a tiempos mejores y son gratis, en forma de películas clásicas, libros que cuentan historias de otro tiempo y conciertos de grupos que, aunque sigan existiendo, deberían tener a sus componentes en residencias de ancianos. Qué decir de las redes sociales, con sus interminables cadenas en las que tienes que elegir tus películas, discos, cómics o libros favoritos de todos los tiempos y que se extienden como un coronavirus tuitero o esas fotos en que los instagramers rescatan del verano anterior poses con morritos en playas, fiestas o juergas alcohólicas.

Supongo que esa sobredosis de nostalgia tiene un objetivo: hacernos olvidar que la gente se muere en hospitales hacinados por culpa de un bicho de unas pocas milimicras, una amenaza invisible como la de las buenas películas de ciencia-ficción. O hacernos más llevadera la protección ante tamaño enemigo, quedándonos en casa entretenidos con la vista puesta en tiempos mejores. Viajar al pasado es una manera formidable de huir del presente, porque entonces éramos más jóvenes, más guapos y follábamos más. Y recordarlo siempre es bonito, sube la autoestima. Es lo que tiene pensar en que el día que Mendieta se libró con un imposible sombrero de toda la defensa del Atlético en Sevilla estabas allí, compartiendo fluidos con familiares, amigos y desconocidos sin riesgo de infectarte y ahora te pasas el día obsesionado por no contaminarte, sin tocar a familiares, amigos y desconocidos. 

Gran parte de la culpa de estas cataratas de añoranza de lo antiguo la tiene el hecho de que el fútbol haya desaparecido de nuestras vidas, no queda nada de él. Ni siquiera es como durante los veranos, en el tránsito entre una temporada y otra, porque entonces hay partidos amistosos, torneos absurdos y un interminable runrún de fichajes, traspasos y chanchullos que, aunque no nos regale goles, nos entretiene e ilusiona. Ahora, cuando la A-League australiana ha decidido también cerrar la persiana (era el único reducto futbolero que nos quedaba, pese a que fuera lejano y de muy baja calidad), la única manera de ver fútbol es recurrir a los partidos del pasado. Privados de la emoción de los fines de semana, de la expectativa de pensar qué hará nuestro equipo en la siguiente jornada, el remedio de revisar las glorias pretéritas nos educa, sin embargo, en la cultura de la victoria segura. Porque nadie se pone la final de la Champions en Milán para levantar el ánimo.

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