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Entender a Lim

14/05/2021 - 

VALÈNCIA. Imaginad a un tipo que se ha hecho rico especulando en bolsa, que está podrido de pasta y que tiene de vez en cuando algún capricho. Cosas banales, como contratar un masaje tailandés, hacer un viaje a placer a alguna isla perdida y exclusiva de la Polinesia o montarse una fiesta con mafiosos, de esas en las que hay todo lo que te puedas imaginar. Su vida es tranquila, intentando que su hija influencer no meta la pata en las redes sociales y le haga perder unos milloncejos de dólares o que los hospitales privados que posee sigan recibiendo gente, ahora que el coronavirus los ha hecho imprescindibles para preservar la salud de los ricos como él.

Lleva una existencia placentera, todos los que trabajan para él lo idolatran, porque es buena persona, un hombre generoso que paga a sus obreros si le obedecen y los despide si no cumplen lo que él manda, porque son como funcionarios singapurenses, que obedecen sin rechistar o se van a la calle y lo saben. Se divierte viendo partidos de fútbol europeos y sueña con ser el propietario de uno de ellos cada noche, cuando se mira al espejo y se ve contento por fuera pero infeliz por dentro, porque lo que más le gustaría sería ser el dueño de un equipo de fútbol.

Un día se le presenta la oportunidad de comprar uno. No un equipito de medio pelo de la liga austriaca o eslovena, sino uno que ha ganado varias ligas en su país y un puñado de torneos internacionales. Hasta llegó a dos finales de Champions hace un par de décadas. No le cuesta mucha pasta, unos milloncejos de nada, y decide comprarlo, solo para cumplir ese sueño de madrastra de Blancanieves de preguntarle al espejo quién es el mejor propietario de clubes del mundo.

Pero la cosa se tuerce y resulta que ese tipo, por un capricho, empieza a salir en los medios internacionales retratado como un patán, como un inútil incapaz de gobernar un club de fútbol que compró cuando estaba en la ruina y en el que sus seguidores, los mismos que lo hundieron en la miseria y él salvó, se rebelan contra él, salen a la calle en tropel y piden su dimisión. Y su imagen se deteriora, lo que le crea un problema inmenso.

¿Por qué? Porque, si la cosa se pone chunga en esa ciudad a 11.000 kilómetros de la suya y la bola de nieve que va formándose de que es un inútil se hace cada día más grande, ya no podrá despertarse cada mañana, mirarse al espejo y decir “qué bonito, soy el dueño de un equipo de fútbol y a ver qué pasa”. Porque se acabarán esas comidas con jeques, reyes y mafiosos y en ellas ya no podrá presumir de haber comprado a Aymen Abdennour por 25 millones de euros mientras saborea el Henri Dudognon Heritage que hay en su copa durante la sobremesa. Porque se acabará hablar de fútbol con sus amigotes de la Class of 92, tratarlos de tú a tú, de gente de fútbol a gente de fútbol, e incluso poder enchufarlos en el club que compró para que se ganen unos miles de eurillos.

Pobre Peter Lim. Qué vida más dura la suya. Con lo compasivo que ha sido con los aficionados del Valencia, con lo que ha hecho por el club, transformándolo de un equipo de estrellas caducas y con propensión a lesionarse en un conjunto formado por gente de la cantera que, en solo diez años, ganará la Champions. Pero ellos no pueden esperar. Quieren ganar la Champions mañana. Qué locura. Un club que no ha ganado la Champions nunca. Son unos desagradecidos, gente pequeña que le molesta como molestan los insectos a los seres humanos.

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