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Con viento de Poniente

13/06/2020 - 

VALÈNCIA. Anoche nos dimos de bruces con la nueva “normalidad”. El viejo hormigón de Mestalla fue testigo, una vez más, de un momento histórico en la historia del Valencia y del fútbol acompañando a la celebración de un fútbol sin alma. Una muestra inequívoca de la dimensión social del mayor espectáculo del Mundo que... si ha llegado a serlo ha sido, precisamente, por el interés que despierta y el insustituible abrazo que supone  una muchedumbre ruidosa. Ni toda la imaginación puesta al servicio del ‘negocio’ es capaz de maquillar la ausencia de público en las gradas porque el fútbol no es ópera: desde el más profundo respeto al género músico-teatral por excelencia y reconociendo la liturgia que rodea un espectáculo de ese tipo entiendo que lo que sucede en el escenario acapara el 99’9% de la importancia y... el fútbol es, evidentemente, otra cosa. Siendo de vital importancia lo que acontece de las líneas de cal hacia adentro, resulta casi imposible reconocer el fútbol de élite sin el estruendo de una grada entregada que festeja, aplaude, murmulla y protesta. Un estadio que podría albergar cincuenta mil almas acogiendo un partido de fútbol absolutamente vacío es algo así como una inmensa olla con 15 litros de aceite en la que se fríe de manera absurda una pequeña y triste croqueta: un sinsentido.

Con viento de poniente y escuchando el golpeo del balón ha vuelto la Liga a Valencia envuelta en protocolos anti contagio para los pocos que pudieron estar en Mestalla y con el verdadero pulmón del fútbol acomodado en el sofá de casa. Buscando el canal en el que se escucha la verdad y huyendo de los inventos virtuales televisivos que se empeñan en contarnos lo que no está pasando a la espera de que , más pronto que tarde, podamos volver al campo y darle al fútbol el verdadero sentido que ahora ha quedado confinado. Cuentan los puntos ganados o perdidos y cuentan los ingresos salvados. Los unos y los otros son necesarios y hay que celebrar que la industria ‘futbolera’ encuentre un respiro en un trance tan atípico pero... lo que hemos recuperado no es el fútbol que se hizo gigantesco hasta abarrotar estadios enormes. Lo que nos queda con un fútbol sin aficionados se asemeja más a esa despectiva definición que ganó fortuna entre quienes lo aborrecen. Aquello de... : “once tíos de corto corriendo detrás de un balón” adquiere cierto sentido con todas las salvedades tácticas y técnicas que sí sobreviven al naufragio.

Ojalá esta traumática experiencia sirva de algo porque esa industria que hoy lucha legítimamente por ‘salvar los muebles’ es la misma que en los últimos tiempos ha maltratado al aficionado relegándolo a un papel de reparto y casi de figurante. Ojalá sirva todo esto para poner en el centro del escenario a quien de verdad ha hecho históricamente grande al fútbol como espectador y como un fenómeno social incomparable. El aficionado que disfruta y sufre por partes iguales es el arroz de la paella. Sin él nos quedamos con el pollo frito que podemos encontrar en un restaurante franquiciado de llamativos colores: moderno, atractivo y mediático pero... poco saludable.

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