Polideportivo

ANÁLISIS | LA CANTINA

La joven Zoe, Oliva y una desgracia olímpica

Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. Zoe White es una chica muy joven, de 14 años, que vive en Oliva y que el pasado fin de semana, en Cieza (Murcia), en el Campeonato de España de marcha, se colgó la medalla de bronce en la categoría sub16. Nada del otro mundo. Otra chica prometedora. Su historia empieza en casa, donde convive con sus dos hermanos y sus padres: un antiguo ciclista profesional llamado Matt White, que ahora trabaja en el Movistar, y una exmarchadora que llegó a ser medallista olímpica en los Juegos de Atenas, donde, además, batió el récord de Oceanía.

Ella es Jane Saville, una australiana de 51 años, hija de un carnicero, que casi es más famosa por la medalla que perdió que por la que ganó. La australiana, nacida en Sídney, llegó a los últimos 300 metros de la final olímpica de los 20 km marcha de Sídney 2000 en cabeza. Jane enfiló el túnel que le conducía hacia el estadio y el público, cerca de 80.000 espectadores, rugió al ver a su compatriota en las pantallas camino de lograr una segunda medalla de oro, tres días después de que la legendaria Cathy Freeman, vestida de manera icónica, cubierta de la cabeza a los pies con una vestimenta que parecía futurista, conquistara a su país y al resto del mundo con su triunfo en los 400 metros.

La marchadora australiana acababa de ver a una amiga antes de llegar al estadio. Ella estaba feliz. Todo el mundo estaba feliz. Pero, ya en el túnel, Jane vio a un juez que le sacaba la tarjeta roja. Todo se derrumbó de golpe. El estadio enmudeció. Ella subió a una loma y rompió a llorar. El sueño de ser campeona olímpica en su ciudad se apagó en un chasquido. Un golpe que no olvidaría nunca en su vida.

Jane Saville tardó en recuperarse. No es fácil reponerse de un traspié así. Aunque aún fue peor y al año siguiente, en el Mundial de Édmonton (Canadá), volvió a ser descalificada. No se desquitó hasta 2004, cuando quedó tercera en los Juegos de Atenas. La madurez le trajo nuevas reflexiones, como aprender que la descalificación fue consecuencia de su mala técnica y no por el capricho de un juez, al que perdonó casi al instante. También aprendió a valorar que ella llegó primera al estadio porque las dos rivales que iban por delante de ella, una china y una italiana, también fueron descalificadas. Y lo que en ese momento no sabía, pero que supo después, es que gracias a su desgracia, España, con María Vasco, ganó la primera medalla olímpica de una mujer en atletismo.

La australiana, triple campeona de los Juegos de la Commonwealth, entrenó los últimos años a las órdenes de su marido, un ciclista que pasó por equipos como el US Postal o el Cofidis. Matt White, como casi todos los ciclistas, pasaba muchos inviernos concentrado en España en lugares como Girona u Oliva. El plan de vida del matrimonio después de la retirada era vivir entre Oliva y Sídney, pero al final se decantaron por la comarca de La Safor. Su primer hijo, Jordi, nació en Australia, pero los dos siguiente, Zoe y Kobi, ya lo hicieron en Oliva.

La madre, una mujer muy entusiasta, cuenta por teléfono que los tres hacen mucho deporte, que todos probaron el balonmano, el ciclismo, la natación o el atletismo. Zoe anda centrada ahora en el atletismo, cross y marcha, y el ciclismo. Aunque Jane está feliz de que su hija tenga mejor técnica que ella y tiene claro que necesita un especialista. Ella no quiere ser su entrenadora. “A mí me haría ilusión que fuera marchadora, pero no queremos forzarla y creemos, su padre y yo, que la variedad, mientras pueda, es importante”.

A la antigua marchadora le hace ilusión recordar los tiempos pasados. Ya no duele aquella descalificación y ahora se consuela con que aquella desgracia propició que todo el país hablara de una disciplina desconocida. “Mis padres volvieron a casa en autobús aquel día y me contaron que todo el mundo hablaba de lo mismo. Se quejaban y hasta me dijeron que había gente que decía que quería matar al juez. Una exageración. Si él no tenía la culpa”.

No se le nota demasiada añoranza. Es feliz con que el momento, ahora, sea el de sus tres hijos. Su marido, mientras, sigue viajando por el mundo porque trabaja para el Movistar y antes para otros equipos ciclistas. Ella conversa después haberse pegado una caminata con unas amigas. La felicidad es eso y no una medalla. Aunque una medalla de oro olímpica ganada en tu ciudad tampoco debe estar nada mal…

Recibe toda la actualidad
Plaza Deportiva

Recibe toda la actualidad de Plaza Deportiva en tu correo