VALÈNCIA. Siempre empaticé con los perdedores. Está claro el porqué. Yo nunca gané nada. Cuando acaba la final de la Champions, me gusta ver el dolor sincero de los perdedores antes que la euforia impostada de los ganadores. Y me volvió a pasar el último fin de semana, en Torun, en la Pomerania polaca, una trocito de la antigua Prusia. Allí brilló España en el Mundial indoor como pocas veces lo ha hecho. La selección acabó sexta en el medallero después de tres días memorables.
Tan buena fue la actuación de los atletas españoles, con Mariano García y Blanca Hervás a la cabeza, que después de seis sesiones de atletismo, solo hubo dos atletas que flojearon: Josué Canales e Irati Mitxelena. No fue nada estrepitoso, pero, por contraste, fueron los perdedores de la selección española. Canales, catalán, fue el único de los españoles que no pasó de ronda. Su caso, además, fue especialmente llamativo porque en el último Mundial, en Nanjing, el año pasado, logró una medalla de bronce en los 800 metros.
Canales es de esos jóvenes que saltan a la pista con pose de tipo duro, con un corte de pelo al día y gestos de rapero. Pero ese chico desafiante sigue albergando a un niño dentro. Y ese niño aflora cuando los resultados no son buenos. Entonces Josué, un chico reservado y muy educado, se tambalea. En Torun llegó a la zona mixta, un zigzag donde los atletas, separados por una valla, se encuentran con los periodistas, e intentó aguantar el tipo, pero a la primera pregunta se vino abajo, se giró y se echó la mano a los ojos.
Josué, 24 años, nacido en Honduras, es un chico con dos piernas que parecen pistones por cómo se mueven machacando el sintético. Pam-pam, pam-pam, pam-pam… Pero desde aquella medalla en China parece algo perdido y ya se insinúa que igual le convendría dejar al entrenador que le acompañó hasta el podio, Carles Castillejo, y cambiar de aires. Algo hace falta para no volver a verle llorar, completamente desconsolado, frustrado, en una zona mixta donde mira al suelo y se quita el dorsal con las manos temblorosas, sin terminar de entender por qué no vuelve a tener ese final temible que tanto le caracterizaba.
Los días pasaron rápido en Torun, donde el grupo de periodistas que viajamos en grupo para vivir intensamente la experiencia, pasamos las noches en el Fort IV, un fuerte prusiano del siglo XIX. Al amanecer salíamos a trotar junto a Jorge González Amo, una enciclopedia del atletismo, olímpico en Roma y el padre del 1.500. Un hombre que, cumplidos los 80 años, sigue saliendo a correr casi todas las mañanas. Su compañía es un regalo. Al fuerte no volvíamos hasta la fría noche, después de una reconfortante sopa Zurek al acabar la jornada.
Con Jorge fuimos a visitar, en el hotel de España, a Ramón Cid, el entrenador de Irati Mitxelena. La donostiarra, como Josué Canales, tampoco tuvo una actuación calamitosa en la final de longitud. Solo que sus saltos estuvieron por debajo de sus expectativas. Ramón Cid prefiere pensar que esta temporada ha colocado a su saltadora en un estatus importante, pero sabe que en los próximos días, cuando miren hacia atrás, el resultado empezará a escocer.
Cid, que fue un niño que creció admirando a Pipe Areta y Bob Hayes, tiene 71 años y es uno de los mayores tesoros del atletismo español por conocimiento, sabiduría y sentido común. El entrenador fue el refugio, hace unos años, de María Vicente. La catalana es uno de los mayores talentos que ha dado el deporte en España. Tan buena es que el donostiarra le repite a todo el que le quiere escuchar que si María va a ser mejor atleta en otro lado o con otro entrenador, que ya tarda en buscar ese lugar. Explotar el talento de la heptatleta antes que el ego del entrenador.
Ramón, que es un gran conversador, culto e ingenioso, lamenta que Mitxelena no haya podido brillar en Torun. No quiere decir que se lo merece porque sabe, él mejor que nadie, que todos se lo merecen. Sentado en una cómoda butaca, cerca de su gran amigo Jorge González Amo, Ramón Cid hace una confesión. “Encima, Irati ha saltado mientras se celebraba el pentatlón y yo no podía dejar de mirar de reojo ni olvidar que María Vicente se lesionó en un Mundial en pista cubierta, como este, cuando iba camino del triunfo, o que podría estar aquí luchando de nuevo por las medallas. Y lo siento, pero me reconcome. Es algo que no lo he superado”.
Duele escucharle, herido, aunque sin dramatismos, pero dolido por ver que pasan los años y no termina de florecer la atleta más despampanante que ha dado nuestro atletismo. Los demás le escuchamos, asentimos educadamente y, en el fondo, pensamos todos lo mismo, que María será campeona antes o después. Quizá en Birmingham este verano, o quizá el próximo invierno en València.
Entonces Ramón cuenta un chiste y todos nos reímos a carcajadas. Él también, pero menos. Porque detesta dar pena y prefiere desviar la atención, pero en su estómago sigue la digestión de aquel tendón roto de la niña prodigio del atletismo español.
Son los perdedores, aunque el atletismo, el deporte, donde hay muchos más perdedores que ganadores, siempre ofrece una revancha en el siguiente campeonato. Y el dolor de los derrotados es el combustible que les hará más grandes en el futuro. Porque aquí no hay perdedores, cómo los va a haber después de meses y más meses de trabajo y renuncias. En realidad todos han ganado, pues lo han intentado, pero no lo saben.