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opinión

Todo es mentira

11/10/2019 - 

VALÈNCIA. La característica principal de una sociedad autoritaria es la manipulación de la información para hacer las mentiras creíbles y las verdades inconcebibles. Los mecanismos de las dictaduras saben mucho de eso, cuando convierten las noticias foráneas en ataques a la patria o descalifican a quienes contaban la verdad. Cuando eliminan a los disidentes de la historia o se apropian de los símbolos y los sentimientos generales para defender su verdad. Ese “todo es mentira”, apostillado por el clásico “es una campaña del exterior para acabar con nosotros”, se ha extendido, en los últimos años, más allá del totalitarismo, en una perversa dinámica que es tan sutil que a la mentira ya no la llaman mentira, la llaman posverdad. Ahora, no hace falta ser Hitler o Stalin para convertir las verdades en mentiras, y viceversa, lo hacen los presidentes de países democráticos, los empresarios supuestamente progresistas, los gestores culturales y hasta los políticos de medio pelo. Las mentiras cotizan muy alto; las verdades, muy bajo.

También lo hace la propiedad del Valencia, que ha convertido en una gran mentira la profunda crisis que vive la entidad. Que Mestalla clame contra la propiedad y el presidente, el mismo que responde desde su palco con gestos impropios de un mandatario a la opinión de los aficionados, que futbolistas míticos, ahora discrepantes, hayan sido ignorados en las efemérides y los recuerdos del club, como si quisieran borrar de un plumazo la historia, que haya futbolistas en el punto de mira por haber mostrado en público su desacuerdo con las decisiones deportivas, que la propiedad niegue la celebración de un acto benéfico porque viene de la mano de un no adepto a la causa o que la plantilla y el técnico se rebelen por el despido del recuperador del equipo porque vino recomendado por el anterior entrenador, son mentiras. Todo es mentira.

Puede que esa estrategia de enrocarse hacia adentro, de defender su posición de una forma autoritaria, ejerciendo la censura por los medios más ridículos, desde subir la megafonía del estadio para que no se escuchen desde dentro las protestas hasta bloquear usuarios en desacuerdo de Twitter en las cuentas oficiales del club, sirva para un empresa en el siglo XXI. Porque, en una empresa, hay que satisfacer al cliente y la política de borrar todo rasgo de disidencia sirve para fidelizar a nuevos clientes. Si lo único que llega a la población son noticias amables sobre el negocio, la percepción que tiene la sociedad de él es buena. Hay un montón de ejemplos, pero los valencianos tenemos uno muy cerca, porque vamos a hacer la compra a él todas las semanas. Sin embargo, eso no sirve para un club de fútbol, un modelo de gestión que no se basa en el dinero, sino en el sentimiento, en lo inmaterial, no en lo material, en el que no hay clientes sino seguidores. Lo peor que puede hacer el amo de un club de fútbol es olvidar a esos seguidores, porque, al final, como ocurre en las redes sociales, los seguidores acaban generando dinero para quien los tiene. Ganar seguidores te transforma en el tío Gilito; perderlos, en Carpanta. Y el fútbol funciona igual. Por eso el Madrid y el Barcelona son los dos equipos más ricos de la liga. 

Quizás esa es la tendencia del fútbol moderno, la de convertir las pasiones en dinero, aun a costa de transformar el fútbol en un “reality-show”, un espectáculo televisivo con enormes cifras de audiencia pero sin memoria, un objeto de consumo rápido. Jugar partidos en Arabia Saudí, crear una élite de clubes europeos para repartirse la mayor parte de la riqueza a espaldas de los aficionados, programar horarios marcianos para que los partidos los puedan ver  con comodidad en la otra parte del mundo o convertir los partidos en el 'Un, dos, tres, responda otra vez” cada vez que hay una jugada discutible para escuchar el veredicto de los Supertacañones, son síntomas de un fútbol moderno en el que los aficionados cada vez pintan menos, en detrimento de los televidentes. Esa es la lógica que aplican los dirigentes del Valencia para gestionar el club. De hecho, el Valencia pidió al operador televisivo que retransmitió su duelo con el Alavés que censurara las manifestaciones en contra de la propiedad. Aunque esto también es mentira.

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