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Análisis | La cantina

El día que me colé en un capítulo de la historia del atletismo  

14/06/2024 - 

VALÈNCIA. Miré el móvil y vi que tenía un mensaje: Con Peiró. En el triple. Vente. Tenía que preparar una crónica, pero había tiempo y se intuía una noche memorable en el foso del triple salto. Como esas tardes de verano en las que se cierra el cielo y sabes que va a caer la tormenta, una gran tormenta. Dos cubanos se disputaban el trono europeo. Un reflejo de los tiempos que corren. Todos somos de todas partes. Un pulso que podía llevarles por encima de los 18 metros, la distancia de los elegidos a lo largo de la historia de esta especialidad que destroza tendones y articulaciones. Una carrera a toda velocidad y tres saltos. Dos seguidos con la misma pierna y el último con la contraria. Fuerza, velocidad, reactividad. Largos juncos con tobillos mágicos.

Le di la vuelta al estadio Olímpico, la casa de la Roma y la Lazio, un recinto custodiado por las enormes estatuas de mármol que hay por todo el Foro Itálico. Llegué a la otra punta del estadio, subí a la grada y vi que mi amigo Alberto, un tipo capaz de hacer las crónicas de las jornadas del Europeo a la misma velocidad que se come una gran coppetta’ de helado, estaba sentado al lado del valenciano Pepe Peiró, el seleccionador español de atletismo, en la primera fila, justo delante de la tabla de batida. De las 70.000 butacas del estadio, probablemente esas eran las mejores para ver la final de triple.

Me senté a su lado un poco intimidado. Por allí andaba, feliz y relajada, Ana Peleteiro, la reina del atletismo español, con Lúa, su pequeña. A mi derecha tenía a los técnicos franceses. Teddy Tamgho le daba instrucciones al francés Thomas Gogois, un joven de 23 años, de Amiens, que llegó a Roma con una discreta marca de 16,87 y se marchó con medio metro más (17,38) y una inesperada medalla de bronce. Tamgho era uno de los siete hombres en el mundo que habían saltado más de 18 metros. Sus últimos años como atleta los pasó en Alicante entrenando con Iván Pedroso. Por eso, cuando Pedroso, vestido con la preciosa ropa de España, pasaba al lado suyo, el francés le gastaba bromas o hacía como que peleaba con él como un púgil.

El concurso subió de temperatura en la segunda ronda de saltos. Pichardo, portugués de adopción, saltó 18,04, que es un nuevo récord nacional para los vecinos. Con la arena aún cayendo de su cuerpo, ya estaba desafiando al español y a su entrenador. Antes de eso habían tenido un enfrentamiento fuerte. Casi llegan a las manos. Un duelo muy caliente.

Más gasolina para un estadio Olímpico que ya estaba inflamado. Nadia Battocletti daba vueltas en ese tiovivo que es el 10.000 para proclamarse campeona de Europa con un nuevo récord nacional. Y en una esquina, en la curva del 400, la grada estaba a reventar porque ahí se encontraban la colchoneta y el listón sobre los que saltaba Gianmarco Tamberi, el gran ídolo del atletismo en Italia. Un campeón y un showman que enciende a las masas y que puso el estadio patas arriba mientras en otro punto, detrás de la contrarrecta, sobre una plataforma, Jordan Díaz trataba de responder a Pichardo.

El ambiente era fantástico y yo era plenamente consciente de que era un privilegiado. Detrás de Peiró y Pedroso, que no paraba quieto, estaban el representante de Jordan, el gallego Alberto Suárez, y el jefe’ de todos los mánagers en España, Miguel Mostaza. Y entre los dos, Héctor Santos, un saltador de longitud que entrena y comparte piso con Jordan Díaz. Alrededor, desperdigados por la grada, otros técnicos de la RFEA entusiasmados con cada salto del español.

Santos tiene un ojo clínico. Cada vez que caía alguien en la arena, sabía la marca. No se iba más que unos pocos centímetros. En unas milésimas es capaz de ver el ángulo con que despega el atleta, la posición de la cadera y cada detalle técnico de esta trilogía del salto: hop, step’ y jump. Santos, al contrario que el resto de los españoles que se revolvían nerviosos en sus butacas azules, tenía claro que iba a llegar la respuesta de Jordan, que se fue acercando poco a poco: 17,82, 17,96

Se creó un momento mágico. Todo el mundo hablaba excitado con el de al lado. Nadie necesitaba echarle un ojo al móvil. Estábamos en un palco proscenio asomados a un momento que iba a pasar a la historia del atletismo, como el duelo entre Mike Powell y Carl Lewis en el Mundial de Tokio 91, cuando Powell le arrebató, 23 años después, el récord mundial de salto de longitud a Bob Beamon y Lewis se quedó a tres centímetros del héroe de México 68.

En el quinto intento, Jordan Díaz entró como un demonio en la tabla, resistió perfectamente el segundo apoyo con la pierna derecha, y se impulsó con la izquierda, a solo 96 centímetros de la arena, para lograr la tercera mejor marca de todos los tiempos: 18,18. A once centímetros de la plusmarca mundial de Jonathan Edwards (18,29).

Todos saltamos de nuestros asientos, nos pusimos de pie y, entre gritos, comenzamos a aplaudir. Jordan estaba eufórico. Aunque Pichardo aún podía reaccionar. Había que esperar. En su último intento, el portugués hizo un salto muy largo. Se nos encogió el corazón. Temimos lo peor. El tiempo nos estrangulaba. Cada segundo era agónico. Se hizo un breve silencio, un silencio pesado, que rompió Héctor Santos con una sentencia que era un alivio: Es peor, no llega a los 18 metros. Unos segundos después llegaba la confirmación: 17,92. El español era campeón de Europa.

Eso fue la locura. Todos el mundo se abrazaba. La gente chillaba. Jordan abrazó a Ana Peleteiro, a Pedroso y comenzó a chocar la mano de los suyos: Peiró, Santos, Suárez Por detrás apareció, saltando por encima de las butacas, Raúl Chapado, el presidente del atletismo español, un antiguo saltador de triple que estaba entusiasmado con la gesta de Jordan Díaz. Tiene mucho margen, no ha sido un concurso perfecto, decía mientras buscaba el abrazo del saltador. Todo el mundo quería abrazar al campeón, que de repente era un imán para el público. Pedroso, en cambio, se dio media vuelta, subió los escalones y se fue directo al bar más cercano. Se merecía una Peroni bien fría después de una noche muy caliente. Una noche para la historia del atletismo.


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