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ANÁLISIS | LA CANTINA

Las cagadas de Mestalla

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VALÈNCIA. Cada vez que voy a Mestalla y subo, casi escalo, hasta la tribuna de prensa, me acuerdo de mis amigos y excompañeros Luis Furió y Chimo Ballesta, que estuvieron cubriendo la información del Valencia hasta una edad considerable. Y pienso en ellos porque desde que entras en el estadio hasta que llegas al final, a la última fila del último anfiteatro, debe haber cerca de 300 grandes escalones. Yo llego hasta la fila de los periodistas y disimulo, pero me falta el aire. No hay día que no piense: si la gente que está en contra de trasladarse el nuevo campo tuviera que hacer esto en cada partido…

Mestalla está viejo y sucio. Hace dos o tres jornadas mi vecina de pupitre, Paula Lerín, de la agencia EFE, se había alejado de mí. Sorprendido y triste por perder su compañía (es la persona me resuelve todas las dudas futbolísticas que tengo), le pregunté por qué me había dejado. Su respuesta me sorprendió. “Tío, es que estoy harta de que esté todo lleno de cagadas de paloma”, me dijo.

Me quedé extrañado y pensé que era una exagerada. Hasta el pasado miércoles, cuando, a escasos minutos del inicio del Valencia-Athletic, noté que algo ligero y viscoso caía sobre mi cabeza. Sí, me había cagado una paloma mientras trabajaba. Lo peor no es ya solo que te hayan defecado en el pelo, lo peor es que me tiré todo el partido temiendo un nuevo bombardeo.

Cinco minutos más tarde, mientras intentaba desentrañar la alineación de Ernesto Valverde, escuché a una chica pegar un grito delante de mí. A la pobre también le había cagado una paloma. Y encima le sucedió mientras se estaba comiendo un bocadillo.

Aún me acuerdo de sus arcadas y su cara de espanto.

Así trabaja la prensa en Mestalla. El Valencia, al menos, podría hacer como en Wimbledon. Allí, en la catedral del tenis, tienen a Rufus, un halcón que espanta a las palomas y, así, evita situaciones bochornosas como la que yo sufrí y como la que sufrió mi vecina.

Aunque hubo más cagadas. La futbolística, claro. El Valencia de Corberán dejó escapar una oportunidad única de meterse en las semifinales de la Copa del Rey en su feudo ante un rival muy mermado. Mi termómetro del Valencia son mis compañeros del colegio. Ellos estaban indignados y hablaban de ridículo, de falta de dignidad, de una segunda parte lamentable. La derrota escoció y creo que fue porque, en medio de la mediocridad en que se ha convertido este Valencia, encontraron en esta eliminatoria una ventanita por la que asomarse al mundo de los felices, de los que luchan por los títulos, de los que son alguien, y no comparsas o segundones, en el fútbol español.

Pero hubo una cagada que, para mí, que soy un tanto ingenuo y romántico, fue la peor. Aún sigo sin entender por qué la hinchada valencianista, especialmente aquellos aficionados que ocupan la grada de animación, insultó al pueblo vasco. Antes del partido y durante el cruce, numerosos espectadores gritaron “¡Puto vasco el que no bote!”. La primera vez que lo escuché, no me lo podía creer. Las siguientes me fui hundiendo cada vez más en la estupefacción.

Puto vasco, decían. Como si grandes de este club, como Iturraspe, Juan Ramón, Zubizarreta, Patxi Ferreira o Aritz Aduriz, exjugadores del Valencia, no hubieran sido vascos. Como si tres de los cinco integrantes de la delantera eléctrica -Epi, Amadeo y Mundo- no hubieran sido vascos. Como si el hombre por el que lloró la afición hace unos pocos meses, José Manuel Ochotorena, tampoco hubiera sido vasco.

A la mañana siguiente, almuerzo con Alfonso Gil, ilustre periodista y autor de numerosos libros relacionados con el Valencia. Le comento lo del insulto y se sonríe. “Fernando, pero si hubo un partido hace muchos años que el Valencia lo jugó con nueve vascos…”.

Aunque creo que es un error tener que rebuscar entre las leyendas del Valencia un puñado de futbolistas vascos para demostrar lo estúpida que fue parte de la afición. No tiene sentido insultar a nadie por ser vasco. Porque Juan Sebastián Elcano era vasco. Miguel de Unamuno era vasco. Balenciaga era vasco. Eduardo Chillida era vasco. John Rahm es vasco. Fito Cabrales es vasco. Y Argiñano, el tío más simpático de España, es vasco.

Es más, aunque no hubiera ningún exjugador del València vasco o ningún vasco ilustre, qué sentido tiene insultar a alguien por ser de esta región española. Ya saben la respuesta: en el fútbol se banaliza el insulto. Siempre ha estado bien visto ir al campo a meterse con la madre del árbitro. O con la mujer de Piqué. O para chinchar a Michel con aquel cántico vergonzoso de Míchel, Míchel, Míchel, maricón.

Pero no pasa nada. Puto vasco el que no bote. El fútbol es así.

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