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No he venido a haceros campeones

En aquellos tiempos de caballitos por Burjassot y cámaras de televisión persiguiendo a Romario por la noche valenciana habían jugadores maravillosos como Gabi Moya, que cubata en mano, eran capaces de soltar esto: "lleváis 15 años sin ganar nada, no voy a venir yo ahora a haceros campeones"...

22/03/2017 - 

VALENCIA. En aquellos tiempos de caballitos por Burjassot y cámaras de televisión persiguiendo a Romario por la noche valenciana habían jugadores maravillosos como Gabi Moya, que cubata en mano, eran capaces de soltar esto: "lleváis 15 años sin ganar nada, no voy a venir yo ahora a haceros campeones".

Una ambición desmedida personificada por Valdano en una de sus cómicas actuaciones ante la prensa: "sois el séptimo equipo histórico de la liga, no se pueden tener pretensiones exageradas". Lástima que el Valencia estuviera unas cuantas posiciones por encima de lo que Valdano aseguraba. Tal vez por eso Mestalla le retiró del fútbol.

Los tics del pasado empiezan a reproducirse con demasiada asiduidad en esta extraña época. Ahora le llamamos competir a no salir del Camp Nou con seis en el zurrón. A un lateral que lleva dos años viviendo de cinco meses buenos se le entroniza por dos partidos decentes en marzo de 2017. A 4 puntos lastimeros en cinco semanas se le llama "mejorar" y existe una guerra por capitanear la mediocridad entre partidarios de dos mediocentros ausentes que coleccionan un ridículo tras otro sobre el campo.

¿Cómo quisimos cerrar una de las temporadas más vergonzosas e insidiosas que se recordaban hasta el nacimiento de la actual? Con una ola mexicana.

Ahora aquellos discursos viejunos ya no salen de boca de dos personajes mediocres defendiéndose de una exigencia ambiental que les empuja a dar lo máximo de sus capacidades; hoy es un mensaje institucionalizado, nacido del tuétano mismo de la entidad. La gravedad es mucho mayor.

No es extraño pues ver a los jugadores haciéndose fotos y posando en el recinto blaugrana antes de un partido como si tratara de futbolistas de la Ponferradina. O embobados frente a los astros barcelonistas. Tanto a su salida al terreno de juego en el paseillo previo como tras el pitido final encuentras estampas demasiado hirientes que no deberíamos dejarlas pasar.

Pero realmente la tristor me viene al mirar y no ver nada. Mirar es encontrar un solar repleto de cadáveres, reconocer a los viejos agentes sociales reducidos a alfombra roja del poder. Como l'Agrupació de Penyes, antaño impulsora de movilizaciones y hoy regida por personajes únicamente preocupados por el soparot y el selfie con el mandamás desamparando incluso a sus propios afiliados ante el desplante.

Ganar debe ser una actitud, no un discurso vacuo y mentiroso. Una actitud que hace mucho se ausentó de todo lo que conforma el valencianismo. Una actitud impulsora del último ciclo ganador, no quedando de aquello más que mediocridad. Mediocridad en la grada, en la calle, en la prensa, en la directiva, en la propiedad, en el vestuario, en el banquillo e incluso en el aire que respiramos.

Por ello el discurso de Juan Sol, que marida tan bien con el de Valdano, no se puede achacar a otra cosa. Estamos ante la consecuencia directa de dirigentes convertidos en artistas del escondite, abonados al bandazo e ignorantes de lo más básico pariendo una ausencia de liderazgo que infestó al club a todos los niveles.

Ahí reside la importancia de rechazar discursos como el de Gabi Moya y conservar lo poco que quedó de un camino tan largo. La reconstrucción empieza por ser más exigentes con nosotros mismos. A Lim le toleramos asuntos por los que no hubiera sobrevivido ningún presidente conocido. A muchos jugadores se le perdonan cosas que no se le perdonaban a Angulo. A otros se les llama cracks cuando antiguamente se dudaba de Aimar.

En un club que paga tanto y tan bien, situado en enclave climático y ocioso tan tentador, una mentalidad ganadora y una exigencia responsable son requisitos imprescindibles. Y eso es faena de todos, de los de dentro y de los de fuera. Porque sin ese condicionante sólo hay espacio para la complacencia y la mediocridad. O sea, para la muerte en vida.

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