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opinión

El hombre de bronce

15/03/2019 - 

VALÈNCIA. Hay un nuevo socio en la tribuna de Mestalla. No, no es cierto, he empezado mal. Hay alguien que se va a quedar a vivir en Mestalla para siempre. Porque siempre estuvo allí. En los días buenos y en los malos. En la final de la liga del 47 ante el Sporting y en la noche en que Kempes jugó con el brazo en cabestrillo ante el Karl Zeiss Jena, en la remontada contra el Espanyol del doblete de Baraja y en el maldito descuento de M'Bia. Es un hombre de bronce que mira, debajo de sus lentes, porque sabe distinguir un buen jugador, un Asensi, un Puchades, un Claramunt, un Baraja, un Parejo, porque ha visto tantos que hasta los identifica por sus movimientos en el campo cuando la vista empieza a negarle la nitidez. Está quieto porque prefiere consumir los nervios en su interior, su cuerpo es una coraza construida con sufrimientos y alegrías.

Ese hombre de bronce es tu bisabuelo el día en que “gojenuri” se convirtió en un insulto a causa de la penosa actuación de un árbitro homónimo contra el Atlético Aviación, la tarde en que Gorostiza y Epi remontaron un partido imposible contra el Athletic poco antes de festejar una liga, viendo el vendaval que acabó con el Sevilla de los 'stukas' en una semifinal de copa. Es tu bisabuelo gritándole a Gorostiza que bebiera menos para poder jugar mejor, alabando la salida al corte de Juan Ramón y el remate imposible de Mundo. Es tu bisabuelo rodeado de gente fumando caliqueños, de abrigos austeros y sombreros de fieltro, sentado en una silla de enea y tomándose una copa de Veterano en el descanso.

Ese hombre de bronce es tu abuelo saltando de la silla, pese a su edad, la noche mágica en que Felman apuntilló al Barcelona en la prórroga de un partido de copa, dejándose sus manos de tanto aplaudir la vaselina de Kempes a Bertrand-Desmanes en una semifinal de la Recopa, empujando a Morena para que metiera el rechazo en el larguero de un tiro de Saura y poder alzar un trofeo falso que representaba la Supercopa de Europa. Es tu abuelo reprochándole a Solsona que le sobre un regate, poniéndose nervioso hasta la extenuación en cada 'volteta' de Castellanos en el centro del campo, imitando el gesto de los dos brazos al aire del Matador después de doblarle las manos a Urruti. Es tu abuelo mirando los partidos por encima de las vallas de la vergüenza, con el auricular del transistor en la oreja para no perderse ni un detalle del resto de la jornada y comiéndose un bombón helado en la media parte.

Ese hombre de bronce es tu padre el día en que cantaba con una sonrisa en la boca “sois San Marino, vosotros sois San Marino” a un maltrecho Real Madrid, la velada que perdió su primer móvil al celebrar el tercer gol de Gerard a la Lazio, la noche en que, poco antes de morir, se fundió en un abrazo contigo cuando Albelda levantó el trofeo liguero que no había visto en 31 años. Es tu padre diciéndole a Mendieta que se la mandara al Piojo, que eso es un seguro de gol, animando al Kily en sus carreras por la banda, admirando en silencio a Pablo Aimar pese a estar rodeado de detractores del argentino. Es tu padre, que te pregunta qué significa “Get It” cuando lo ve en un tifo, que se emociona cuando escucha el himno de la Champions, que sigue prefiriendo venir a Mestalla aunque su televisor sea muy grande y su sofá, muy cómodo.

Seguro que la próxima vez que acudas a Mestalla lo buscarás entre las localidades de la tribuna y, el día que accedas a esa zona, te harás una foto con él que guardarás como aquella que te hicieron un día con Valdez cuando tenías cinco o seis años. Pero el hombre de bronce ha estado siempre ahí, desde 1923, en ese rincón de Mestalla. Y no te diste cuenta porque ese hombre de bronce serás tú dentro de 20 años, viviendo noches memorables, luchando contra un poder que te expulsa del estadio y te anima a que sigas los partidos por televisión, sin moverte de casa, apoyando a tu equipo virtualmente, celebrando los goles del Valencia, las remontadas increíbles, abrazándote con tu hijo porque habéis vuelto a ganar la liga, o la copa, o la competición que se hayan inventado entonces.

Y ese hombre de bronce también será tu hijo, en la década de los 70 de este siglo, y el hijo de tu hijo, ya en los albores del siglo XXII. Y así hasta el infinito, en un bucle maravilloso que va transmitiendo oralmente esta historia de pasión y fidelidad que, como el hombre de bronce, nunca muere.

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